Fin

Después de tres años y 655 entradas, dejo libres los caminos perdidos para salteadores más profesionales y despiadados. Si todavía hay alguien que se ha quedado con ganas, no tiene más que seguir los Impulsos coléricos de un ex salteador.

Como diría un gran poeta y mejor amigo: Hasta el martes. Que es una manera cariñosa y muy sútil de mandar a la mierda.

Besos. Y gracias.

Solidaridad

- Papá, papá de mayor quiero ser banquero.
- ¿Por qué, hijo?
- Por algo tan sencillo que sólo entendemos los niños: aunque sean culpables del derrumbamiento del sistema se les inyecta dinero para que no se vuelva a derrumbar, no vaya a ser que un Lehman Brothers nos vuelva a explotar en las entrañas del capitalismo y nos llevemos otro sustito y le tengamos que dar razón al puñetero Marx. Entre tanto, aunque consigan unos beneficios del 20% respecto al año pasado, por culpa de la crisis recortan presupuesto de la forma más sencilla: tú, tú y tú – multiplicado por mil –, dejad lo que estáis haciendo, traedme un café y a la puta calle. Pero ojo, aunque reciban inyecciones millonarias del Estado se trata de una empresa privada, por lo tanto el sueldo de los directivos no se toca si no es para incrementarlo – dicen que la proporción salarial entre un bedel y un directivo ronda entre 1 - 1000; los que saben del tema dicen que para que una empresa funcione la proporción debería ser de 1 - 20 -, y cuando éstos deciden irse a veranear de por vida a la Costa Mediterránea con su yate anclado, le meten en el bolsillo unos cuantos millones de euros: “toma, por los servicios prestados, que la gasolina del yate no está barata; y no te olvides de comprarle unos zapatos a tu señora en la Calle Serrano, majete”.

Dicen que Diaz-Ferrán, presidente de la CEOE en guerra con el gobierno porque Zapatero y Corbacho se niegan a abaratar el despido – respiren aliviados sólo de momento -, anda con una sonrisa en la boca después de conocer el finiquito con el que se marcha el ex consejero delegado del BBVA. Lógico, no crean que la solidaridad reside exclusivamente en el proletariado.
Cada día admiro más al Diniosio Rodriguez Martín, el pernales de Carabanchel. Con dos huevos.

Carta abierta a un Adulto.

Tiemblo cada vez que adultos como usted se atreven a opinar, muchas veces sin saber, sobre el comportamiento de los adolescentes; sí, los adolescentes: con la generalización como bandera. No hago excepción sobre ningún tema: sexualidad, botellón, educación…Si me permite hablarle claro, salvando a unos pocos la mayoría no tienen ni puta idea. No sé si debería pedir perdón por considerarme todavía adolescente, pero es que, con la mayor cuota de sinceridad que soy capaz – no mucha, ojo: no se vaya a fiar del delictivo y embustero comportamiento propio de mi edad – puedo reconocer que si lo de adolescente me queda algo lejano, lo de adulto mejor ni hablar.

Hace tiempo que dejé de practicar con asiduidad el noble ejercicio del botellón. Y no por falta de ganas: siempre y cuando se trate con respeto a personas, animales y cosas, es una forma como otra cualquiera de socializarse. En el XIX y principios del XX – hace dos días, no ponga esa cara - los jóvenes departían sobre política, literatura y mujeres en las mesas de los cafés, reuniones que acababan bajo las luces rojas de los burdeles; y nuestros padres, adultos que por lo visto nunca rompieron un plato, como Usted, pusieron la primera piedra al botellón hacinados alrededor de un tocadiscos en los guateques bañados en ponche y güisqui, cheli. Estas prácticas también tuvieron sus detractores, Usted lo sabrá mejor que yo, no sé si tantas como el botellón: reconózcame que los mayores cada vez son más cascarrabias. Y ahora esas reuniones tienen tanta literatura como las catedrales o el cinismo de los detectives privados.

Decía que sé de buena tinta lo que es un botellón y no me considero ningún vándalo, ni tengo problemas con el alcohol; también sé que, sin ser un erudito en temas sexuales – huelga decir que por falta de talento y no por ganas -, la píldora del día después no es un método anticonceptivo comparable con los preservativos y conozco sus efectos secundarios. También sé que aunque haya jugado alguna que otra ocasión a videojuegos más o menos violentos – nunca he jugado al rol, por cierto: si se hubiera alertado a la juventud de la transición sobre los terribles daños de la heroína con la misma intensidad que se ha demonizado el rol otro gallo les hubiera cantado a los Antonio Vega, Urquijo y compañía, claras víctimas de una tremenda desinformación – no debo secuestrar, atropellar o disparar a nadie por la calle. Por lo menos si nada lo justifica.

Así que, querido Adulto, sé que usted dio el callo para llevar a este país desde una dictadura a la democracia con algunas libertades que hoy los jóvenes podemos disfrutar – y que no siempre sabemos valorar -, pero las transiciones políticas poco se parecen a la transición que todo Ser sufre en el paso de niño a adulto. Ponga entusiasmo en averiguar por qué hacemos botellón o por qué existen embarazos no deseados entre adolescentes – acabará practicando la autocrítica y no tanto la crítica como viene haciendo hasta ahora -, intenten comprendernos y escúchenos: la juventud tenemos muchas cosas que contar, nos gusta leer y saber tanto como a otras generaciones. Ninguna generación se parece a otra, todas viven circunstancias distintas que las hacen únicas, aunque sí compartimos comportamientos innatos como la rebeldía que muchas veces nos ciega y nos hace considerar mamarrachadas de viejos los consejos de veterano que ustedes nos ofrecen. De ahí que tiemble, como ya dije, cada vez que adultos se suben al balcón de la crítica a mirar por encima del hombro los comportamientos de los adolescentes e inmediatamente demonizar cualquier acción; nos ayudan sus consejos y no tanto sus críticas, muchas de ellas despiadadas e injustificadas. Haga saber a los suyos que deben poner los pies en la tierra, si se me permite el consejo, y miren lo que nos rodea para saber cuál es la raíz de los problemas que nos atribuyen.
A ver si de una vez por todas deja de tratarnos como si fuésemos una panda de descerebrados y de gilipollas. Haberlos haylos, claro, como en cualquier otra generación.

Gregorio Morán y Eduardo Haro Tecglen.

La manta de humo, que se adosaba al techo con elegancia, se pavoneaba y reía de las ministras y sus leyes. Bajo su halo dos cervezas apenas tuvieron tiempo de enfriarse. Glup. Otra ronda, por favor. El camarero, bajo, delgado y con las cejas muy pobladas, pasaba el trato en la barra con el mal humor acuestas. Hijos de puta, parecía decirle a su mano. Y sirvió las cañas con un desprecio sin disimulo. Pero no estaba la conversación para hacerle caso a ese desgraciado:

- El otro día en el Factbook descubrí tu blog.
- Creí habértelo enseñado alguna vez.
- No, hijo puta, no. Lo cual me ofende.
- No será para tanto – reí y brindamos-. ¿Y tú tienes blog?
- Sí, pero no creo que te interese – aplastó el cigarro contra el cenicero y lanzó dos manotazos al aire para despejar el humo -. Es de fotografía.
- ¿Y quién te ha dicho que no me gusta la fotografía?
- Lo único que sabes de fotografía te lo enseñó Faulquer, gilipollas.
- Sí, y tu puta madre también. Llámame sentimental pero ¿sabes qué fotografía me encantó?
- Me espero cualquier cosa.
- Aparecen de espaldas el Rey Juan Carlos y Adolfo Suárez caminando por el jardín de la casa del ex presidente. El Rey le pasa el brazo por el cuello en tono cariñoso a Suárez. Me parece una foto histórica.
- Lo es, y sobre todo lo será. El día que muera Suárez verás esa foto en todas las portadas de los periódicos. La hizo su hijo, Suárez Illana, un eterno aspirante a sucesor de su padre y no le llega ni a la suela de los zapatos, y le dieron el premio a la fotografía del año.
- ¿Y qué hace un rojo como tú alabando a Suárez? Tú que alientas revoluciones desde el cómodo sofá de tu casa, tú que caminas hacia la tercera república por los tortuosos caminos del Messenger. Tú que…
- Vete a la mierda – me interrumpió -. La figura de Suárez, como deberías saber tú, esconde más sombras que luces, pero ello no quita que las luces sean para tenerlas en cuenta. Tú, que eres un erudito de cartón piedra, deberías haberte leído los libros que Gregorio Morán escribió sobre Adolfo Suárez.
- Te voy a hacer feliz: no, no me los he leído. Y si he escuchado hablar de ellos ahora mismo no lo recuerdo.
- Lástima que me pilles con mis capacidades menguadas, porque esto es para aprovecharlo. Lo primero que tienes que hacer cuando llegues a tu casa es buscar a Gregorio Morán. Escribe en La Vanguardia una de esas columnas que nadie con sentido común debería perderse – me guiñó un ojo mientras daba cuenta de su enésima cerveza – Sabatinas intempestivas se titula su sección.
- Al fin llegó el día, después de tantos años, en que me descubras algo, y no al revés.
- Tú siempre tan humilde.


Una vez en casa encendí el portátil en la terraza, buscando el soplo fresco de la noche, y abrí la penúltima cerveza. Tecleé Gregorio Morán mientras intentaba recordar cómo era la vida antes de Google. Enciclopédica, supongo. Extrañamente el primer enlace que apareció en la búsqueda no era la página web oficial del escritor, ni siquiera la Wikipedia, sino un enlace a la página de Eduardo Haro Tecglen. No me quedó otra que clickar el enlace suponiendo que me encontraría con un artículo de Morán alabando al que Vázquez Montalbán dijo que sería el presidente de la III República. Nada más lejos de la realidad.
Me tumbo en la cama lleno de dudas. Desde la menos significante: ¿cómo cuelgan esa crítica feroz a Haro Tecglen en la página web del escritor? hasta la más importante: ¿su cambio ideológico fue tan brusco y cínico como Morán dice?
Gregorio Morán no me ha descubierto que, años atrás, Haro Tecglen abrazó las ideas franquistas que después despreció. No es novedad, pues son muchos los que han cambiado de barco con destino en ambas costas – ¡coño, si Losantos fue maoísta! -, pero Morán va más allá de un simple cambio de ideas. Siempre creí que su evolución era parecida a la de Günter Grass: niño llevado por la corriente ideológica conservadora de la familia; adolescente con dudas viendo el mundo tras la ventana en la soledad de su cuarto, descubriendo que más allá de las paredes de su hogar existe un mundo diferente; concluyendo en un adulto con fuertes ideas progresistas. Desde que el Nobel alemán confesara haber militado en las juventudes de las SS en Pelando cebollas, su libro autobiográfico, le llovieron un aluvión de críticas. Injustas, en mi opinión. No soy partidario de echar en cara a un adulto lo que cometió en su inocente infancia. Todos tenemos cosas que esconder: desde una fotografía en la que sales vestido con el traje de las SS, hasta el asesinato de un gato metiéndole una traca en el culo, pasando por masturbaciones en sitios no habilitados al efecto. Otra cosa son los errores graves que se han cometido con uso de razón y conciencia adulta. Aunque en momentos en los que gobiernos totalitarios tratan al vulgo como a niños a los que limpiar el cerebro, fusilando a quien se opone a esa limpieza, quizás no se debería tener muy en cuenta los errores cometidos.

Por lo menos eso pensaba la otra noche.

Enésima manipulación

De la que fuimos testigos los televidentes en el debate nocturno de VeoTV, canal de TDT del grupo Unidad Editorial – El Mundo, Marca… -. Hablan sobre temas de actualidad con una marcada y clara línea ideológica afín a la oposición y contraria al gobierno; quiere decir con esto que, por ejemplo, sobre el Caso Camps sólo se habló cuando éste fue absuelto. Aunque sí se centran con una tozudez casi patológica en el posible trato de favor económico del gobierno andaluz con una empresa en la que trabaja la hija de Cháves. Huelga decir que no hacen nada raro: cada grupo editorial y sus respectivas ramificaciones aborda los temas que más provecho ideológico le sacan. Como en cualquier tertulia que se precie, invitan a un “contrario ideológico” para que aquello no se convierta en una orgia de ideas donde todos se la maman y se ríen las gracias. Lo que trasforma la orgía en bukkake, con perdón.
Y ayer tocaba a Ignacio Escolar, ex director y fundador del Diario Público, actual columnista de ese diario y celebridad en el mundo de los blogs. Quien, para ser justos, contaba con la imparcialidad de Javier García Vila, actual director de Europa Press, como ayuda.

Y fue Escolar quien nos descubrió la manipulación. El video era una sucesión de imágenes y titulares en letras enormes y coloreadas. Creo recordar que se titulaba La política del ministerio de Asuntos Exteriores. Y el fin no era otro que mostrar al ministro Moratinos en la celebración del cuarenta aniversario de la llegada al poder de Gaddafi – lo cual me parece impropio de un gobierno socialista, dicho sea de paso – y la no comparecencia del gobierno español en el recuerdo a las víctimas de la Segunda Guerra Mundial con motivo del aniversario de su inicio. Zapatero, dije en voz baja, la has cagado, majo. Sí, a mí también me la colaron. Más cuando al final del video entre los presidentes de los principales países del mundo apareció una silla vacía. Justo a la derecha de Vladimir Putin, que sin ser presidente, por lo menos de forma teórica, está en todos los fregados. Qué desfachatez, qué deshonra a las víctimas, qué vergüenza para un español tener un presidente como Zapatero. Eso es lo que querían, y eso es lo que consiguieron.

Pero para eso estaba Ignacio Escolar. Para decirnos que España no estaba invitada: “no pretenderéis que se presente Zapatero con una silla y se siente con los dirigentes cuando nadie lo ha invitado”. Al presentador se le quedó cara de gilipollas, más de la que tiene, por cierto. Y ya lo acabó de rematar: “porque esa silla que habéis sacado en el video no era para Zapatero, ¿verdad?” La mueca del moderador era una mezcla entre risa falsa y mirada despectiva hacia Ignacio, quien acababa de dejar en evidencia una manipulación injustificada, ¿acaso cuando hicieron el video debieron olvidar algo tan importante como la no invitación de España a la ceremonia? Entonces, ¿de quién era la silla vacía a la que enfocaron dando a entender que era la de Zapatero? No sé muy bien cómo debió acabar la cosa: en ese momento decidí apagar la televisión y mandarlos a la mierda. Preguntándome a mí mismo de qué coño me sorprendo, si no es la primera vez que este grupo editorial inventa y manipula para desprestigiar a quien no le conviene. Ni será la última, me temo.

¿Qué es El Kyoto?

Reunidos en torno a la barra, cubata o cerveza en mano, cientos de conversaciones surgen; la mayoría de éstas mueren antes de contener algo interesante, otras, pocas, por desgracia, se aferran a nuestros pensamientos para volverse inolvidables. De entre combinados de palabras, unas caipirinhas de frases y diálogos antológicos mojados en hielo, un nombre copa el protagonismo: Kyoto. Para los más ecologistas es el nombre de un tratado maltratado. Para los viajeros una ciudad nipona. Para los borrachos el templo etílico por excelencia. ¿Qué es El Kyoto? Balbuceo una contestación en cuatro palabras mal conectadas. Mientras me digo a mí mismo que es imposible explicarlo de forma rápida y espontánea. Algún día tendremos que ir, mientras tanto que sepas que para mí, esto es El Kyoto:

En El Kyoto las mesas son de mármol, como en los cafés de La Colmena, aunque, que yo sepa, a día de hoy no se ha descubierto que contengan epitafios de republicanos fallecidos en la Resistencia de Madrid al grito de No Pasarán. El Kyoto es un bar muy mediterráneo, porque las dos barras están plagadas de marineros forzados a naufragar en tierra. Los camareros son gente nacida para servir en El Kyoto: como los domadores de leones, ellos nunca dan la espalda, dejan el vaso en la mesa mientras te miran de soslayo; a los hombres nos sonríen poco, cuando lo hacen preocúpate: están a punto de mandarte a la mierda, como poco. La calaña con la que tratan les ha trasformado en lo que son: más que camareros, supervivientes; gente acostumbrada a observar y prejuzgar intenciones y actitudes. Aptitudes también, claro. La educación, de la misma forma que el dinero, es básica y fundamental para no salir forzado del local con la cara hinchada. Para eso contrataron a Olev, el único camarero que rompe por completo el estereotipo de camarero de El Kyoto. Olev es polaco, y tiene los brazos largos, hinchados y repletos de tatuajes. Onofre, el dueño, le hace trabajar siempre con camisa blanca de manga larga. Onofre – que le puso Kyoto al bar por llevar la contraria a su mujer que le quería llamar Bar Madrid, en claro homenaje a su ciudad natal: “pues ahora le pongo Kyoto, porque me sale de los cojones” - , le contrató cuando una noche le vio pegar una hostia a un marroquí. Fue tal la embestida que lo primero que pegó en el suelo fue su cabeza; ésta rebotó varias veces. Onofre lo quiso en el horario nocturno para evitar peleas. O para solucionarlas de forma rápida cuando ya no queda más remedio.

En el Kyoto siempre hay la misma gente en el mismo sitio. No hacen falta carteles para hacer saber que este taburete está reservado y que esa máquina tragaperras, que está a punto de reventar, no hay Dios que la toque hasta que llegue El Cañita. El Cañita, como la mayoría de los asiduos, es un vividor, su mujer tiene una mercería y mientras ésta trata con las mujeres del barrio, cose, vende botones y telas para cortinas, él se fundé los beneficios echando euros en la rendija de la máquina de El Faraón. Se llama Fermín, pero se quedó con El Cañita por el parecido físico con Cañita Brava. Su mujer pesa alrededor de 120 kilos más que él, y no es raro verla llegar, cansada y resignada, mientras paga la cuenta de su marido y le recoge de la máquina en la que, por culpa de la cantidad de horas y los litros de cava que ha ingerido, se ha quedado dormido. Qué bella estampa la representada por El Cañita dormido y babeando sobre el hombro de su mujer.
Uno de los misterios sin resolver de El Kyoto es saber dónde duerme Pepe. Cuando un bar no tiene como mínimo un asiduo e incansable cliente, tiene las horas contadas. Pepe es ese asiduo, el que siempre está cuando tu llegas y siempre te despide cuando te vas. ¿Volverás? No me jodas, Pepe, que yo duermo. Ríe y enseña una dentadura que no existe. Su boca es el resultado de una inmolación. “Como no puedo comer, bebo y follo” Cuando Pepe dice que folla siempre señala al cielo. Nada que ver con algo místico o religioso: en el piso de arriba de El Kyoto hay un prostíbulo cutre, sucio y oscuro. Pero barato. Si en El Kyoto sirven café, agua o croissants Pepe no lo sabe. Ni lo sabrá. Él nunca pide, pues todos conocen ya sus intenciones dependiendo de la hora en la que estemos.

El Kyoto es algo parecido a una novela coral, aunque sus personajes sólo se reflejan en los versos más sucios de Bukowsky y en los cuentos más brillantes de Montero Glez. Está el carpintero Macià, con su mono color marrón y su olor intenso a cola; está Ledesma, salmantina y cuarentona venida a menos, es la única puta que conozco que no bebe alcohol, su cometido es estar durante horas en la barra a ver si algún borracho pica el anzuelo y quiere tocar por un módico precio sus carnes flácidas; está Ramiro, coronel del ejército retirado, que nunca sale de casa sin su pistola, cuando se emborracha echa mano de ella y apunta al cielo amenazando con subir al prostíbulo “y llenar de plomo las cabezas de esos hijos de puta que llenan de semen los bajos de las Damas”. Dicen que la obsesión por los puteros le viene desde que se enteró que su hija ejerce la prostitución en Valencia. Sólo los asiduos sabemos que la pipa que pasea es de plástico, los recién llegados no salen de su asombro: los más valientes pagan y se van, los otros se agachan debajo de las mesas. Mil personajes con sus historias en la mochila, la mayoría de éstas desconocidas, porque en el Kyoto, como en la Legión, nadie te pregunta por qué cojones has acabado allí.

Personajes que un día decidieron plantar cara al Destino, y se acodaron en la barra esperando a la Muerte, entre los fríos tragos de una cerveza y unas cortezas de cerdo. Para quienes lo más parecido que existe a la Gloria son las luces hipnotizadoras de las tragaperras a punto de reventar.

Esto es El Kyoto.

Óscar Pérez

- Tranquilo, tronco, que hemos salido de peores – ambos saben que es mentira, que no, que pese a su profesionalidad y experiencia no se han visto en semejante situación. Pero aún así el compañero, que tiene pierna y brazo fracturados, asiente y le guiña el ojo como puede. Gracias, hermano. Le ha dejado todo lo que podía, no sabe cuándo podrá volver a buscarle. Lo que sí sabe es que volverá, pase lo que pase, y pese a quien pese. A Oscar le duele mucho su brazo izquierdo, pero con el derecho fuma y se asoma al abismo por el que se cuelga su compañero en busca de ayuda. Mira al infinito y suspira. Una sucesión de montañas se pierden en el horizonte por culpa de la espesa niebla. En el segundo vistazo que echa a la pared ya no ve a su compañero. Ignora que ya no volverá a ver nunca a nadie.
Álvaro se concentra para bajar lo antes posible. Va sin cuerda, la ha tenido que usar para asegurar a Oscar en el metro cuadrado de repisa en el que morirá. El grito de Oscar, cuando los dos caían al vacío, retumba en su cabeza. Por suerte, la cuerda volvió a engancharse con un saliente. Le cae una lágrima mientras busca un apoyo en la pared vertical. Tranquilo, tronco, volveré a buscarte; diez años escalando contigo no pueden acabar aquí. Una mierda; me cago en mi puta vida. Aquí no te dejo, compañero, no. Le siguen cayendo lágrimas a punto de congelarse por las mejillas. Recuerda el calor del abrazo de Oscar cuando hicieron cumbre, la felicidad, la hazaña realizada. Una más de tantas. Me cago en la puta hostia, volveré.

La llegada al aeropuerto de Barcelona es fría y triste. Lleva ya tiempo asimilando la muerte de su compañero. La incertidumbre del cuándo ha muerto, del cuánto ha podido aguantar allí arriba en la soledad de la montaña le atormenta. Ahora se enfrenta a otra bestia: cruzar la mirada con la familia de Óscar, que es casi como su propia familia. En la sala habilitada para la recepción de la expedición una decena de personas esperan a Álvaro. Finalmente éste llega, y busca a la madre de Óscar. Se abrazan y lloran. Lo siento, lo siento mucho, no pude hacer más, repite una y otra vez llorando. Ninguno de los dos quiere separarse para no volver a mirarse a los ojos. A su alrededor familiares y amigos agachan la cabeza y secan sus lágrimas.
- Lo siento – insiste Álvaro, mientras escucha el llorar resignado y casi silencioso de la madre. Cierra los ojos y una imagen insiste en aparecer una y otra vez: Óscar fuma y guiña un ojo. Gracias, hermano.

En memoria de Óscar Pérez.

Las gafas de Son Gotleu

Ahora resulta que el problema en Son Gotleu – barrio que fue noticia la semana pasada por la pelea multitudinaria entre gitanos y negros – es de tipo ocular. O por lo menos eso nos quieren hacer creer quienes dicen que unas gafas de sol son el motivo de que mil personas se líen a hostias en plena calle, algo parecido a la teja de Ben-hur. Nasti de plasti. Que los informativos y periódicos engañen a quien puedan, pero no a quien quieran. Este que está aquí, que no se le recordará como un ser especialmente espabilado, pero tampoco por gilipollas, intenta estar al día de las noticias locales, nacionales e internacionales, y le queda algo de memoria. Por eso recuerda que hace poco más de dos años ya hubo en el mismo escenario, un tiroteo entre esos mismos vecinos. Y no, el problema no son las gafas de sol, ni siquiera la graduación de las mismas.

En todas partes cuecen habas, así que no emplearé demasiado tiempo en la descripción. Son seres abonados al oportunismo, con ideas bañadas en mediocridad y rellenas de mierda. Por culpa de esa ideología que apesta, viven en constante posición de salida, cual atleta, para aprovechar cualquier opción de sacar pecho y demostrar que su pensamiento no es tan retrógrado como parece. “Ya lo vengo diciendo yo hace mucho tiempo”. Hablo, claro, de esos xenófobos que aprovechan cualquier circunstancia para demonizar algo tan normal y antiguo como la inmigración. Y no, el problema tampoco es la inmigración, aunque muchos incultos se suban al carro en cuanto éste varía el rumbo y se pone a tiro.

El problema es por todos conocido, pero ignorados por la mayoría: la droga. Pero no sólo la droga en sí, que también, si no la ceguera y la hipocresía con la que tratamos a un mundo que es marginal porque nosotros queremos. Y no hacemos nada para impedirlo. No entraré en el debate de la legalización de las drogas, aunque sí opino que, como dice Antonio Escohotado, la droga está al alcance de todos, así que mejor informar y educar sabiendo que eso existe. Pero sin alejarme del tema, cabría preguntarse por qué un africano que abandona su ciudad, país y continente acaba vendiendo droga en un barrio de Palma. La respuesta quizás no nos guste, porque afectaría a miembros de la raza aria, pura y superior que entre risas y rayas de cocaína ven lógico y cómico que unos indígenas se líen a hostias por unas puñeteras gafas de sol. Ignorando que ellos son, junto a los políticos hipócritas, la raíz del problema.

Una enfermedad llamada racismo

Las expatriaciones de inmigrantes, con su previo hacinamiento en centros cuya única diferente entre éstos y la cárcel es el nombre, no nos sorprenden. Habrá incluso algún indeseable que le parezca bien y le guste: hay personas que mantienen relaciones sexuales con cadáveres, lo que confirma que el mundo está lleno de gente extraña. En cambio el gore sí tiene la dosis necesaria de morbo para que mostremos un mayor interés. Me refiero a ese suceso que ocurrió en Valencia hace ya varios meses en el que un empresario había abandonado a las puertas del hospital a su empleado, con un brazo amputado; extremidad que el empresario previamente había dejado en un contenedor de basura. Para más inri no lo tiró al de desechos orgánicos. El hijo puta.
Las condiciones laborales eran inhumanas, pero eso nos suda las narices, el suceso es noticia por el brazo amputado, a partir de ahí sí nos importa dónde trabajaba el susodicho, las condiciones en la que lo hacía y demás informaciones; no es preocupación, es morbo. La única diferencia entre este pobre hombre y miles de inmigrantes que viven en nuestro país – con tantos derechos y deberes como los de cualquier nacido en este trozo de tierra llamado España - es un brazo amputado. Pues no son pocos los inmigrantes que por dos perras chicas se echan a la calle de buena mañana, trabajan como esclavos del siglo XXI sin derecho a rechistar, para conseguir ese sueño que les hizo llegar hasta aquí – otro día hablaré de las deficiencias síquicas de los que dicen que vienen a quitarnos el trabajo-.

Pero no sólo el accidente laboral trágico e irreparable les diferencia, no, porque gracias a la carencia del brazo el gobierno de España, en un gesto que demuestra su progresismo, dejando ver su clara vocación por los derechos humanos y las libertades de todos los ciudadanos, le concedió los papeles que le autorizan a ser un ciudadano legal en España. A él y a su familia. Con esto España lanza un mensaje al mundo: da igual de dónde vengas, da igual dónde hayas nacido o cómo te llames, en España si tienes un grave accidente laboral siendo un inmigrante ilegal que trabaja en la clandestinidad, te proporcionamos los papeles para que puedas vivir en paz y armonía en nuestro hermoso país. Si tus extremidades siguen en su sitio y no tienes un poder adquisitivo importante del que podamos sacar tajada – la procedencia y la ilegalidad de ese dinero no nos preocupa, sabemos hacer la vista gorda como el que más - , no nos quedará otra que mandarte a tomar por culo. Pero con educación y talante, ojo, que somos un país desarrollado.

Y de eso último me río, aunque el tema tiene de todo menos gracia. Me río que consideremos a España un país desarrollado cuando todavía tratamos a personas como mercancía inservible, tachándoles de ilegales, un término tan despectivo como poco solidario, irracional y lamentable. Impropio de este siglo. No hay personas ilegales, no las debería haber, nunca; como tampoco debería existir este mal endémico que crece en la población de la misma forma que disminuye la cultura y la solidaridad. Esa enfermedad llamada racismo, que tanto puto asco me da.

La presunción de inocencia va por barrios.

Eso me pasa por encender la televisión por la tarde. Aunque sí es cierto que para mi defensa diré que lo que buscaba era el Canal 24 horas de RTVE o CNN+. Pero antes de llegar a algunos de los dos canales de noticias, aparece España directo, ese programa que lo mismo te enseña a cocinar una paella ciega a la pata coja como que te muestra un primer plano del cadáver de un pobre inmigrante tumbado al lado de su patera en la arena de una playa del sur. No hay que extrañarse si entre la clase de cocina y el fallecido haya poco más de cincuenta metros. Sensacionalismo + estupideces varias. Tela. Pero saben cómo engatusarte, sí, y a mí me engatusó ese cartel gigante en rojo que aparecía de forma intermitente debajo de la presentadora y que decía: ÚLTIMA HORA. Con la psicosis en la que vivimos los de “la roca” como para no pararse a escuchar qué ha pasado. Era una noticia de las que duelen: Violencia machista: los bomberos se encuentran el cadáver de un bebé y de su madre, tras apagar un incendio en un piso de Madrid; los cuerpos presentan signos de violencia. Los vecinos aseguran que la pareja discutía mucho; el marido está en paradero desconocido. Son palabras más o menos textuales, pero lo que sí sé es que la presunción de inocencia ni estuvo, ni se la esperó.

La policía detiene al marido de la víctima, que también es el padre del bebé asesinado. Tras el interrogatorio se le deja en libertad. Una segunda hipótesis apunta al hijo mayor de la fallecida, con problemas psíquicos. Finalmente éste confiesa el crimen.
Pienso en el hombre que en España directo culparon sin juicio alguno: en un periodo corto de tiempo le han llamado de forma precipitada asesino y maltratador, y han matado a su mujer y a su bebé. Hemos pasado de tener repugnancia hacia él, a que nos diera mucha pena por haber perdido a su pareja e hijo. Así de vulnerables somos. Así nos vulneran.

Y es que no es lo mismo llamar maltratador a Pipi Estrada, por ejemplo, que llamárselo a un ciudadano de barrio obrero de Madrid. Seguramente este último no tenga ni tan buenos abogados ni tantas ganas de sacar viruta de las denuncias. De ahí que los periodistas vayan con menos tiento. Lógica aplastante.

ETA atenta contra el mallorquín.

Si después de que ETA matara a dos Guardias Civiles la pasada semana en Mallorca algunos interesados apenas respetaron el duelo y se apresuraron a mostrar sus puntos de vista sobre por qué estos miserables atentan en la Isla, podemos imaginar la reacción rápida y ágil al saber que las tres bombas de ayer – tres confirmadas y otra por confirmar a lo largo del día de hoy – no habían ocasionado más que daños materiales. “ETA atenta en Mallorca para acabar con el Turismo” y “ETA atenta en la Isla para inquietar a la familia real en sus vacaciones”. Ambas corrientes de opinión llegan al mismo sitio: el Turismo. Se confirma una vez más que fuera de las Islas Baleares, con la ayuda de las instituciones que nos representan – es un decir -, existe la idea de que en el archipiélago no vive nadie, sólo hay turistas. Una cosa es que la idiosincrasia de la Isla sea cuidar los intereses de los visitantes por encima de cualquier cosa – no es un decir, es literal: puedo dar mil novecientos ejemplos - y otra bien distinta es que cuando hay un atentado a quinientos metros de tu casa – como es mi caso – lo último que pasa por la cabeza de nuestra queridísima clase política sea el bienestar de los ciudadanos mallorquines que protagonizamos la soledad del invierno mallorquín – todo un paraíso que la mayoría de turistas todavía no han sabido valorar, menos mal: prometo emigrar el día que las cifras de visitantes en invierno se acerquen a la de la temporada estival -.

Si para lamentar las cancelaciones de turistas ya están las asociaciones hoteleras y de agencias de viajes así como el gobierno insular y demás instituciones mallorquinas; si para preocuparse por la seguridad y el bienestar de las vacaciones regias ya está la guardia real, el ministerio de Defensa y de Interior; cabe preguntarse: ¿quién se ocupa de los intereses de los mallorquines? No es nacionalismo – prometo emigrar a otro planeta el día que por mi cabeza pase alguna idea o sentimiento nacionalista: español, catalán, mallorquín o poligonero -, es preocupación. ETA atenta contra el ciudadano mallorquín, pues es la banda criminal – junto con los políticos corruptos – la que nos pone en primera línea de la noticia, la que nos impide pasar desapercibidos – lo que más nos gusta –, y tenemos que ver cómo ocupamos titulares, editoriales y columnas de opinión en diarios de ámbito nacional. ETA nos jode con la campaña mediática.

A un mallorquín se le reconocerá por pasar desapercibido en cualquier sitio, puede parecer una generalización, pero la costumbre está más que demostrada salvando las excepción lógicas. Un mallorquín se cruza con el príncipe Felipe y con Letizia y no mueve un músculo de la cara, ni se molestará en comprobar si es cierto que los Duques de Palma están comprando en la misma tienda de ropa que él. Es más si puede demostrarles desprecio lo hará, y no hay que confundir esto con pensamientos políticos: un republicano de cualquier otro sitio del reino hincará la rodilla en el suelo delante de Juan Carlos antes que el más monárquico de los mallorquines, siempre y cuando no tenga intereses turísticos: antes de arrodillarse le comprará un yate. A un mallorquín le jode que los políticos tengan en cuenta a los alemanes que en billetes de compañías Low Coast han aterrizado en la isla, o a la familia real que habita el palacio Low Coast de Marivent, por encima de los ciudadanos que vivimos todo el año en este paraíso anclado en el Mediterráneo, sean ecuatorianos, rumanos o andritxols. Si esto puede parecer demagógico y exagerado, peores me parecen a mí los comentarios y las preocupaciones acerca del Turismo cuando todavía no se habían apagado las llamas del coche oficial de la Guardia Civil ocasionadas por la bomba que mató a dos jóvenes la semana pasada.

Lo único que está claro es el desprecio absoluto y rotundo ante esa panda de criminales con la cabeza llena de mierda.

PD: No hay artículo o post que, hablando de estos criminales, no termine con un eslogan contra la banda. O sea que siguiendo la corriente de la mayoría acabaré con el que más me gusta:

VASCOS SÍ, ETA NO.

Mi madre es una Santa 3/3

- Tenéis vuestro día de suerte, chavales. Debería mataros a los cuatros, porque quizás vuestro colega ha pagado la culpa de algún bocazas que osó llamar puta a mi madre e insinuar que defecaría sobre ella. Pero paso. Tú, llorona, ven – se acercó algo aliviado por mis últimas palabras, aunque por lo visto no se fiaba un pelo de ese loco que acababa de bajar los humos a cinco gallitos y matado a uno de ellos -. Coge al gilipollas de tu amigo y mete su cuerpo en la furgoneta. No tires de él con brusquedad a ver si les vas a hacer daño – la broma era fácil, pero es que el ambiente estaba muy decaído-.
Me acerqué a la furgoneta y cogí las llaves sin dejar de apuntar a la montaña de músculos: aunque la tiene pequeña una hostia de ese animal tiene que doler por cojones. Los otros estaban demasiado ocupados secándose las lágrimas.
Metieron entre los cuatro el cadáver en la furgoneta, atemorizados por la proximidad de mi pistola no mostraron signos de tristeza ante el frío y rígido cuerpo de su amigo. Apenas le miraban. Ni siquiera el que no le quitaba ojo cuando la bala le destrozo el cerebelo, y que, en un rápido y torpe estudio de las reacciones de los cuatro, dedujimos que era el que más vínculo amistoso tenía con el fallecido. Ten amigos para eso, compadre. Uno aquí de cuerpo presente y no tienen huevos ni a santiguarse. Dichosa juventud.
Les ordené a los otros tres que se metieran dentro cuando el ciclado impotente se giró mirándome con muy malas pulgas mientras metía el cuerpo en la furgoneta, y aunque pude escuchar que algo decía entre dientes no supe el qué. Era mi ocasión, mi justificación para rendir cuentas con el que, supe a la larga, más ganas tenía. Al fin y al cabo el pequeño cabrón que se estaba enfriando con la cabeza agujereada acabó así por su osadía y temeridad, se envalentonó sin calcular las consecuencias. Pero hay tiempo para todo.
- ¿A que gimnasio vas, machito? – le hice un escáner con la mirada por todo el cuerpo, con una sonrisa irónica que debió cabrearle. Él permanecía serio a poco más de un metro.
- ¡Qué te den por el culo!
- No tío, así no, así no se hacen las cosas. Una cosa es que haya matado a tu colega y otra es que me faltes al respeto sin venir a cuento – me sostuvo la mirada, tenía los ojos marrones y las cejas muy pobladas-; nadie te ha dicho que eres una mezcla entre el Increíble Hulk y Macario.
Antes de que osara insultarme le puse la pistola en el pecho. A estas alturas no iba a tolerar una nueva muestra de falta de educación. Su mirada se tornó cobarde y triste. Parecía que en cualquier momento iba a echarse a llorar.
- Levanta los brazos – no debió explicarse por qué ahora le pedía eso, así que no me hizo caso y frunció el ceño –. Levanta los brazos te he dicho – insistí.
Su bíceps derecho era casi más grande que su cabeza, compararlo con su cerebro habría sido ridículo. Aunque no estaba el brazo en tensión, le recorrían por el músculo una autopista de venas sobrenaturales. No le dio tiempo a reaccionar cuando notó el frió cañón de la Colt sobre su bíceps. Pum. La madre que te parió, le dije mientras él gritaba y saltaba agarrándose el brazo, estate quieto y límpiate la cara que la tienes llena de trozos de carne, mamón.

El chico del cráter en el brazo se unió a sus colegas en la furgoneta. Tuvo que ayudarle a subir uno de los llorones, a quien también llenó de sangre. Les di las llaves y apoyé la pistola en la ventanilla del conductor:
- Bueno chicos, proseguid el viaje con tranquilidad advirtiendo los peligros de la carretera. Ya habéis visto que la vida se te puede ir en un suspiro, y no sólo a ti, sino a cualquier compañero de viaje. Lo importante es llegar, y sino ya veréis cuando arribéis a casa, o al hospital, y os acordéis de hoy, pensaréis: joder, he llegado tarde, quizás sin medio brazo, pero he llegado. Cosa que vuestro coleguita – señalé la parte trasera de la furgoneta con la pistola – no podrá decir lo mismo por su imprudencia. Espero que este rato que hemos pasado, a menudo muy agradable por lo que a mí respecta, sirva para algo, pensad en ello cuando os subáis a un coche. Id con Dios. Y no os olvidéis que yo seré un hijo puta, pero mi madre es una Santa.

“El cielo estaba rojo como una amapola, tus ojos también rojos de no haber dormido” Ya con el coche en marcha sentía la brisa marina dándome en la cara, tan agradable en verano como el dulce sabor de la Venganza, el cual todavía me llenaba la boca de agua. Libre por un instante, subí el volumen de la radio donde allí seguía la voz ronca e incomparable de Roberto Iniesta, totalmente despreocupado por lo había pasado. Casi tan despreocupado como yo:

“Ni vertiendo polvo en el cajón de los sueños, consigo ahuyentar las pesadillas que pueblan mis borracheras; pequeñas noches de descontrol y fuego perdido, pequeñas y fieras alimañas que poblaron mi vida hasta contaminarse”

Mi madre es una Santa 2/3

Ante la repentina interrupción de un personaje interesante, la cosa se alarga y no me queda otra que publicar una tercera parte. Disculpen las molestias.

Mientras rumiaba buscando la mejor manera de que mis amigos ex temerarios, nuevos miembros del clan de los culos excesivamente dilatados, pasaran la peor noche de sus vidas, decidí que aquel cabrón gritaba demasiado y yo con ruido lo siento pero no sé pensar. Además me había jodido varias veces el estribillo de So payaso con sus putos gritos y hay cosas por las que no paso. La luna iba buscando su huequecito por entre las nubes, al fondo de la calle se veían los primeros edificios de la periferia, con sus cuadraditos de luces donde familias hacinadas en los sofás miraban hipnotizados la televisión. Esta no es la estampa que sale en los catálogos de agencia de viajes, no; la Mallorca obrera duerme lo mismo en agosto, indiferentes a la regia caravana de coches blindados y yates de magnates rusos.

- Tú, mierda, ponte en pie – joder, quién me iba a decir que aquel tío que me miraba con ojos de cabra degollada, que tenía el miedo colgado de las pestañas, hace escasos minutos mostrara esa actitud tan valiente y agresiva bajándose sin pensárselo de la furgoneta. Y míralo ahora, está apuntito de hacérselo encima. No me quedó otra que volver a mostrar los dientes mientras sonreía. El tío sentó su gordo culo sobre el asfalto con las manos chorreando sangre, una tremenda contusión en el seno frontal y dos ríos de tinta roja que le bajaban de las fosas nasales hasta la barbilla; dudé entre pegarle una patada en la cabeza o meterle la pistola en la boca y pedirle que me cantara un fandango. Fue fácil decidirme, sólo tuve que recordar una vez más la actitud del conductor valiente y temerario, y las formas con las que se bajó de la furgoneta. Me chorreaba el colmillo y tuve que concentrarme para evitar una erección. Opté por la segunda opción, mientras miraba cómo sus cuatro amigos deseaban llegar a casa y abrazar a sus madres. Mi amigo el valentón, sollozaba en voz baja y mantenía la boca abierta para notar lo justo la frialdad del cañón en sus dientes llenos de mierda; miré hacia abajo y me di cuenta de que una mancha de orina humedecía su pantalón y corría rauda y veloz por entre sus muslos. Te habrás quedado a gusto, mascullé, hijo puta.
- Cuando me habéis adelantado, he escuchado que algún valiente se cagaba en mi puta madre – me dirigía a los cuatro estando de cuclillas, mientras la pistola seguía en la boca de mi primo -; quizás he entendido mal y lo que habéis dicho es que le diera recuerdos a mi madre, pero claro, si os lo pregunto ahora seguramente me mentiréis y tampoco es cuestión de arriesgarse. Así que como tengo a vuestro amigo aquí a mi vera, por cuestión de tiempo y espacio, no me queda otra que creer que ha sido el menda. Así de puta es la justicia, que a veces cambia las balanzas por palanganas de limpiar lefa.
Aquel achinaba los ojos y temblaba. El tiro le hizo rebotar la cabeza varias veces contra el suelo y estuvo a poco de tirarme de espaldas. La cara de los cuatro jinetes de la coprofagía que veían cómo a su amigo le llovían trozos de carne y de seso por el recién escarbado agujero de su nuca era un poema. De Bukowski, claro. Me puse de nuevo en pie y apunté a los cuatro; me fui acercando a ellos lentamente, tampoco era cuestión de que arrancaran a correr y jodieran la función.
Dos de ellos lloraban como niños pequeños, otro miraba a su amigo como el que mira una película de terror y el que faltaba - larga melena, hombros anchos, brazos hinchados y repletos de tatuajes - no le quitaba el ojo a mi pistola. En aquel momento se podía haber hecho un estudio sicológico de las distintas reacciones de los humanos ante el miedo. El que miraba al recién fallecido seguramente tuviese una vinculación más especial con él, la imposibilidad de creer que aquello ha terminado le impide quitar el ojo de encima al cadáver. Seguramente busca que el amigo se levante y le diga que todo ha sido una broma. Qué pena. Los llorones temen mucho por su vida, su reacción es propia del que no ha sido consciente nunca de que todo tiene un final. O quizás no creían que ese final llegaría tan pronto. El otro es el más valiente, por eso mira la pistola. No se da por vencido y afronta los miedos de cara, con la voluntad de morir matando y de pelear hasta el final. Éste es el bueno.

Pero qué va, aquél que parecía mirarme a ratos de forma amenazadora, acabó tan achantado como sus compadres; lástima, lo que le faltaba a toda esta historia es un héroe con poco que perder. Además el nota daba el perfil: reconocido entre la pandillita como alguien peligroso por jugar con la impotencia y pincharse los brazos con productos anabolizantes llegados de la Europa del Este, las nenas se derriten cuando ven sus abdominales, aunque luego se baje los calzoncillos y parezca que en la polla se le ha caído una mancuerna de 16 kilos. ¿Dónde la tienes, cariño? Eso sí, todo bien depilado. Llegado este momento me hubiese gustado tener un oponente más peligroso. Ante tal horda de asustados niñatos que a punto estaban de cagarse en los pantalones, noté el primer síntoma de aburrimiento. Me arrepentí de no haber pegado primero la patada en la cabeza al coleguita, quizás el ciclado tatuado, aprovechando un momento de despiste, hubiese arremetido contra mí preso de la impaciencia y la fiesta se habría animado un poco. Pero no hay problema, la cosa se acabará animando.

Mi madre es una Santa 1/3

Las respuestas a mis eternas preguntas siempre las encuentro en boca de otros. Y es en boca de Ray Loriga donde hallé la respuesta a la pregunta de por qué escribo. “Para no matar” espetó el escritor, guionista y director de cine – aprovecho para recomendar El séptimo día de Carlos Saura, Loriga participa en el guión -. Así que en ésas estamos, aprovechando las palabras para rendir cuentas cuando no quedó más remedio que envainar la espada.

En aquella engañosa curva cada noche me cruzo con una patrulla de la Guardia Civil que, bien en moto o en coche, aprovechan la poca visibilidad con la que uno llega desde la autopista para cazar conductores a los que le gusta pisar el acelerador. Así que lo primero que pensé cuando, a unos quinientos metros de la curva, un coche me daba largas a palmo y medio de mi guardabarros trasero, es que ya vendría la curva y te trincarán, mamón. Así que para joder al gilipollas que conducía temerariamente la furgoneta negra, con intentos de adelantarme en la vía de un solo carril por la parte del arcén, reduje la velocidad de forma voluntaria. Si tienes prisa, Fitipaldi, te jodes; acabo de poner mi CD favorito – Ágila, Extremoduro – y, como comprenderás, poca prisa tengo. Ajo y agua, colega.
Para mi sorpresa la patrulla de la Guardia Civil había elegido esa noche otro lugar en el que vigilar mientras se fuman el Fortuna, así que en cuanto pasé la curva me adelantó por el carril contrario y al girarme cuando estaban a mi altura pude ver a unos cuatro o cinco tíos blasfemando por la ventana. Lo único que escuché con nitidez fue que se cagaban en mi puta madre. Y no me explico por qué, pero les miré con una falsa tranquilidad y les sonreí. Al parecer aquello no les gustó demasiado, así que decidieron cruzar la furgoneta de forma que no pasaba ni un Vespino por ninguno de los dos carriles, poner el freno de mano y bajarse los cinco – sí: al final no eran cuatro eran cinco, lo cual es mala suerte- seguramente para agradecer mi correcta forma de conducir y mi bonita sonrisa. Miré instintivamente por el retrovisor interior mientras ponía la marcha atrás: ni de coña, Toni, no te da tiempo, los tienes a menos de cinco metros y en cuanto hagas una maniobra se te echan encima. Por lo visto el conductor era el que me tenía más ganas, porque a escasos metros del morro del coche ordenó a sus coleguitas de viaje que pararan y se acercó a la ventana. Era un tío más bien ancho, pequeñito, con la cabeza rapada y una camiseta roja con publicidad de Budweiser. Ante las escasas posibilidades de que la cosa pudiese acabar bien y me fuese a beber cervezas con mis cinco nuevos amigos, cogí la mochila que siempre dejo en la parte de atrás del sillón del conductor. Entonces, como Julia en la Tabla de Flandes buscando al asesino que, sin saberlo, desde niña encontró, noté la frialdad de la culata, y sin demasiado tiempo para pensar, abrí del todo la ventana y por su hueco estampé la dureza del cañón de la Colt 1911A entre la frente y la nariz de mi nuevo amigo. Ante tal situación, quedarse a medias hubiese sido un error imperdonable. Así que decidí abrir la puerta y encañonar a los cuatro sorprendidos que veían cómo su amigo se revolcaba en el asfalto como un cerdo en su mierda y gritaba de dolor mientras blasfemaba. Ante la parálisis de los cuatro individuos y sus caras de susto, no pude más que mostrar otra sonrisa, esta vez más sincera y amplia. La situación me encantaba, lo debo reconocer, así que decidí que aquella noche, con los acordes de Buscando una luna que me llegaban de la radio del coche, jugaríamos un rato al juego de la Venganza. Me sentía algo parecido al Conde de Montecristo versión poligonera.

¿Hablamos de responsabilidad política?

Desde queDesde que el pasado jueves ETA atentara frente al cuartelucho – no se le puede llamar de otra manera – de la Guardia Civil de Palmanova, me he visto en la obligación de seguir las distintas informaciones que ofrecían los medios de comunicación con un especial interés. No sólo me interesa si los responsables de esa atrocidad siguen por la isla – ojala: si están en Mallorca acabarán cayendo – sino que también cómo sigue la investigación de lo hechos. Soy consciente de que la información que aparece en los medios probablemente no tenga nada que ver con la realidad, y no me refiero a que mientan sino a que como la Operación Jaula sigue abierta y está todo tan reciente, los responsables de llevar a cabo la investigación no proporcionarán datos relevantes que puedan afectar al trascurso de ésta. Sirva como ejemplo la siguiente frase de Rubalcaba en los micrófonos de la Cadena Ser: “no descartamos que los etarras sigan en la Isla” La ambigüedad está clara. Y es lógica.

Pero hay algo importante que por lo visto se ha quedado en el tintero: ¿qué hay de la responsabilidad política en este atentado? Para ser justos hay que mencionar que Pep Matas - el mejor periodista de sucesos a este lado del Mediterráneo, y el que más claro escribe, con permiso de Matías Vallés, sobre la supuesta multiplicación del patrimonio del ex president Matas en los últimos años de su mandato - ya puso en tela de juicio la falta de seguridad con un artículo el pasado viernes titulado: ¿Hablamos de seguridad? En él Pep Matas se preguntaba por qué tenemos que sufrir los mallorquines las muchas incomodidades que la seguridad de la familia real produce a los ciudadanos de la Isla, si a pocos días de la llegada de los reyes a Palma, con las infantas merodeando por la costa mallorquina, los terroristas son capaces de adosar bombas en los bajos de dos coches oficiales de la Guardia Civil a menos de diez kilómetros del Palacio de Marivent.

Ya dejé claro en el anterior post mi vinculación a Palmanova, por lo que he sido testigo toda mi vida de la reivindicación de los Guardia Civiles de esa zona sobre la precariedad de las instalaciones – no contaban con inhibidores de frecuencia ni tan siquiera con cámaras de seguridad -, puesta de manifiesto el pasado jueves con la muerte de los dos guardias jóvenes. Como ciudadano corriente y moliente también soy testigo de las sucesivas promesas de la clase política de la Isla para construir un cuartel como la zona se merece: no olvidemos que es una de las principales zonas de recreo para el turismo inglés y alemán, lo que produce no pocas detenciones a altas horas de la madrugada de turistas en estado ebrio. Cuartel cuyas obras llevan tiempo paralizadas, ya que según el Diario de Mallorca – que sí publicó un artículo sobre la lentitud de la obra del nuevo cuartel pero sin ahondar en responsabilidades – no ha habido un acuerdo entre el Ajuntament de Calvià, el Govern Balear y Gobierno Central. Políticos que, por ejemplo, prefieren destrozar la primera línea de la Bahía con el macroproyecto de la Façana marítima que incluye un Palacio de Congresos y un hotel de cinco estrellas, antes de construirles un cuartel de la Guardia Civil decente a esos agentes que se juegan la vida por ellos y por los demás ciudadanos. Luego les vemos delante de sus féretros con cara compungida, ojos tristes, condecorándoles con medallas póstumas que poco alivian a las familias. Pero es lícito y justo preguntarse, desde mi más absoluta ignorancia: ¿por qué nadie habla, de momento, de la responsabilidad política en la lentitud de la obra del nuevo cuartel?

Se escuchan rumores de que las obras se pondrán, de nuevo, en marcha en breve. Seguramente en cuestión de poco tiempo los Guardia Civiles de Palmanova contarán con unas instalaciones como se merecen, con la seguridad que requiere su importante labor.

Para eso han tenido que morir dos jóvenes de 27 y 28 años y han tenido que destrozarse la vida de dos familias. Ya es tarde, malditos cabrones, demasiado tarde.

Que los que matan se mueran de miedo

Y después la realidad: ETA mata a dos Guardias Civiles en Palmanova. Palmanova es el principal escenario de mi infancia. Allí nací y crecí; por eso hoy todavía no puedo creer que hasta ese sitio tan idílico e importante pueda llegar la sinrazón, el odio, la barbarie. Poco después de las dos de la tarde recibo una llamada que me da poca información: un coche ha explotado junto al cuartel de Palmanova; es imposible, pensé, que haya sido un atentado, ha tenido que ser cualquier cosa menos eso. Cuando una segunda llamada me confirma que dos Guardias Civiles han muerto me encojo en la silla y blasfemo en voz baja. Entonces recuerdo cuando todos los sábados por la mañana iba con mi abuela a buscar recetas al centro médico que está a escasos metros del lugar de la explosión. Todo son recuerdos, sensaciones difíciles de explicar, melancolía y tristeza. Hasta la noche todo son informaciones que estremecen, algún gilipollas aprovecha la incertidumbre para dar rienda suelta a su imaginación y sembrar el pánico. Llego a escuchar que hay coches bombas repartidos por el centro de Palma apunto de explotar. Hay que tener mala baba y ser un maldito inconsciente. Pero sí es cierto que a media tarde han encontrado en el antiguo cuartel otro coche bomba. Escucho en directo a través de IB3 la explosión controlada de los TEDAX. Vuelven los recuerdos: en una terraza colindante al cuartel empecé a dar mis primeros toques con un balón. Me llena de cólera pensar que un puñado de hijos de puta hayan conseguido que recuerde ese maravilloso lugar con tristeza y pena. Cuesta reconocerlo pero sí lo han conseguido. Ni la muerte de mis abuelos había conseguido borrar la sonrisa que me produce el recuerdo de mi infancia en Palmanova. Ayer sí la borraron, hoy también, mañana espero que no.

No me quiero olvidar de la lamentable reacción de algunas instituciones, sobre todo turísticas, quienes priorizan las consecuencias que el atentado puede tener sobre el turismo en la Isla a la muerte de dos chicos jóvenes. Hoy se harán la foto, con la carita de pena, aunque escuchando a algunos parece que su pena no es por la muerte y sí por el dinero. Huelga decir que este comportamiento es la excepción, porque en momentos como éstos se da uno cuenta de que la sociedad va a mejor, sino comparemos las reacciones que en los ochenta había tras la muerte de algún Guardia Civil – a ratos parecía que era una lucha entre dos rivales, algo relativamente normal -, y las que se suceden estos días.

Alberto, un amigo me recuerda una frase precisa para este momento: Que los que matan se mueran de miedo…

ETA NO.

Que descansen en paz.

Los niños y sus padres

Se habla mucho estos días de reducir la edad penal para que menores que violan a niñas – la diferencia entre menor y niño ya la escribió hace unos días Isaac Rosa, de forma brillante, como siempre, en un artículo recomendable escrito en Público; el único periódico, por cierto, que merece la pena comprar a estas alturas de verano – cumplan con la ley. Se busca encerrar a los niños en correccionales esperando que, con la soledad de las noches en sus reducidas habitaciones, reflexionen sobre el error cometido y la necesidad de no volver a repetirlo. A todas luces es un tremendo error. Yo juzgaría a los padres en busca de pruebas que les incriminen por una mala educación que trae consecuencias a menudo irrecuperables. Y que sean responsables del dolor causado.
Nunca mis progenitores han querido considerarme un amigo. Se han dedicado a ejercer de padres, una responsabilidad mayor y más efectiva. Han sido la sombra incesante de mis pasos cuando lo necesitaba, y un apoyo entre bambalinas cuando no me quedaban más narices que jugarme la cara solo. Sus miradas siempre brillan en mi cogote, curiosa y cariñosa, con las que resulta casi imposible cometer errores.

Un niño no aprende encerrándole en una cárcel de menores, deberíamos saberlo a estas alturas. Un niño aprende de sus padres, así que dejemos de mirar a los niños como pequeños diablos y fijémonos en la conducta de los mayores, que salvo honrosas excepciones dejan mucho que desear.

Actualización: me doy cuenta de que cuando digo que el único periódico que merece la pena en estas fechas es el diario Público, no clarifico que me refiero a periódico de tirada nacional. El Diario de Mallorca sigue siendo de mis favoritos.

El generoso indigente

Una divertida e insólita noticia aparece hoy en los diarios de Baleares. Un hombre de mediana edad reparte 52.000 euros entre los viajeros del aeropuerto de Son Sant Joan. Podemos imaginar a un multimillonario que tiene el dinero por castigo, repartiendo billetes de 50 euros a los ingleses, alemanes y seres de otras nacionalidades que pueblan el abarrotado e intransitable aeropuerto de Palma, mientras un chófer, con el aire acondicionado a 21 grados y traje oscuro impecable le espera en el Mercedes Benz y mira impaciente de soslayo a su jefe mientras piensa: “este tío siempre ha sido un gilipollas”. Hasta aquí ha llegado mi imaginación tras leer el titular.

La realidad es otra, todavía más inquietante. El tipo generoso es indigente, iba vestido con harapos deshilachados, olía a calle y a vino barato, y le había tocado una herencia inesperada. Así que tras calzarse alrededor de cinco litros de vino caliente se planta en la terminal del aeropuerto y, sonriente y educado, reparte con sus manos agrietadas y sus uñas llenas de mierda el dinero de la herencia.
Si el indigente estuviera pidiendo dinero no se le acercaba ni el Tato, pero como está repartiendo puede uno imaginarse sin demasiado esfuerzo que el tumulto a su alrededor es considerable, pese al olor rancio que desprende su piel curtida como el cuero.
La reacción del indigente puede sorprendernos, pero cabría pensar por qué alguien que no tiene dinero tampoco lo quiere. Qué tendrá el Poderoso Caballero para que ese miembro del lumpen lo repartiera con una sonrisa pícara mientras decía en voz baja: “tomad y joderos, cabrones”.

Lorenzo Milá

Nunca un mes de Julio empieza como acaba. Con esta pseudo metáfora vengo a decir que durante este mes me visita mi aniversario advirtiéndome, en su cita obligada, que ya tengo un año más en el bolsillo – algunos dirán que uno menos; desde aquí aprovecho para mandarles a la mierda -. No me preocupa demasiado, de hecho en la mayoría de ocasiones en las que me preguntan la edad tengo que pensar varios segundos para no errar en la cifra. Lo que da a entender que le doy a mi edad la misma importancia que la que dedica la prensa nacional a la muerte de Baltasar Porcel – salvo La Vanguardia, diario donde escribió hasta su fallecimiento, y el Diario de Mallorca, que fue el diario donde empezó a forjarse como periodista.

Pero no es de Baltasar Porcel – del que no he leído nunca nada y la única referencia que tengo es las buenas palabras que siempre he escuchado de mi madre sobre las novelas del escritor Andritxol ; sin olvidar su batalla dialéctica frente a Juan Marsé - quien me obliga a escribir en este tiempo de crisis – la mía, no la mundial - y pereza, sino Lorenzo Milá. Y es que este mes de Julio se notará todavía más la diferencia cuando acabe, pues el que esto escribe dejará de disfrutar de uno de los telediarios mejor hechos que ha visto nunca. Tras un largo y ajetreado día, cuando ya la ciudad intenta dormir y las farolas alumbran las aceras con el brillo ámbar propio de una novela policiaca, suelo esparramarme en el sofá frente a la tele a disfrutar de la profesionalidad de Lorenzo Milá y las noticias que el día que muere nos deja. Me gusta la intensidad con la que destaca algunas noticias, su ya característico movimiento de cejas al comenzar las frases, como si de sus párpados nacieran dos signos de exclamación. Me gusta su saber estar frente a la cámara y su manera de dirigirse a los que le vemos lejos de la prepotencia y soberbia que muestran alguno de sus colegas. Viendo el telediario de Lorenzo Milá me doy cuenta de que los demás no merecen la pena; el único que se salva es el de Gabilondo – a quien tengo como el mejor periodista español vivo -, pero tampoco llega.

Cuenta que se va a probar un nuevo reto como corresponsal de Washington, una opción valiente tras cinco años al frente del telediario de la televisión pública. Espero que tenga la suerte que se merece.
Le echaré de menos.

Algo que contar

Llevo mucho tiempo sin ganas de escribir. Las historias me pasan por la cabeza sin que les haga demasiado caso, y el “ya lo haré en otro momento” acaba con todo. Hasta hoy. Acabo de recordar algo que me pasó hace unos pocos días. Y me he dicho a mí mismo que hay historias que merecen la pena salir, sea como sea.

Esta vez conducía mi padre. La carretera es estrecha y no te la conoces, me dijo. Y menos mal: dos carriles diminutos llenas de curvas con cambios de rasante y a cada lado unas cunetas de las que metes media rueda y a tomar por culo.
- ¿Ves ese cortijo de allí? – mi padre señalaba a un montón de roca que ya poco se parecía a lo que fue – eso son Los Riscos. Eso era de nuestra familia hasta hace muy poco.
El nombre de Los Riscos zumbó por mi cabeza hasta que caí en la cuenta. Claro coño, ahí es donde pasó aquella historia que escuchaste de niño y que jamás has olvidado.
Nos vamos hasta el 37, la situación en España todo el mundo la sabe y una familia numerosa – el padre, la madre, seis hijos y una hija de distintas edades – huye del pueblo para no ser blanco fácil.
La madre sube corriendo hacia el piso de arriba y se encuentra con su hijo: Antonio, dice entre lágrimas, viene El Relojero. Antonio tiene 17 años y mientras carga la escopeta grita a sus hermanos pequeños que se encierren en la habitación y le pregunta a su madre dónde está papá.
En la habitación de arriba se sientan los seis niños apoyados con la espalda en la pared con el susto en los ojos y las moscas sobre la cabeza. El padre ha decidido salir al encuentro de aquel famoso Relojero y los que le acompañan, que son los enemigos más temidos de la zona. A unos cinco metros de la puerta del cortijo, el padre de familia y el Relojero intercambian unas palabras que Antonio apenas escucha, pues usa todos sus sentidos en apuntar con la escopeta al Relojero.
- Como toque a mi padre lo mato – la madre solloza en voz baja, se tapa la boca con una mano y con la otra tapa la boca del más pequeño de sus hijos.
- Ni se te ocurra Antonio que nos matan – la madre mira a su hijo con preocupación. Pero Antonio no tiene oídos ni para su madre, sólo tiene ojos para apuntar a la cabeza de El Relojero.

La cosa acaba bien. No puede ser de otra forma, pues éste que está aquí ni tendría abuelo, ni padre, ni recursos para contar historias como ésta que le ponen la piel de gallina y le hacen brillar los ojos.

Fue bonito mientras duró

Me preguntan, no pocas veces, por qué no siento el anhelo de una tercera República. Básicamente, intento sintetizar, porque el último recuerdo que tenemos sobre una España gobernada por la República fue un periodo de ilusión tras un siglo XVIII con muchos cambios y unos primeros años del XIX tremendamente tenso. Ayer noche degustaba con avidez el libro escrito por Luís García Montero sobre el poeta Ángel González, Mañana no será lo que Dios quiera, y llegué al momento en que ese niño llamado Angelito vio proclamarse la segunda República. Recuerda el júbilo en la calle, la ilusión de su madre, las banderas, los gritos que desde las terrazas demostraban los vecinos su alegría.

Entonces me viene a la cabeza la ambigüedad del PSOE, los sinvergüenzas del PP, el desgobierno de IU, los sindicatos, los independentistas y nacionalistas; los viajes en el Falcon, las bodas de las hijas del presidente, las invisibles facturas de los trajes, la “suerte” de Carlos Fabra con la lotería y la justicia y el amor a la familia de Chaves.
Y me imagino a todas esas hienas gobernando a su libre albedrío sin tener que dar cuentas ni arrodillarse delante de nadie y se me pone la piel de gallina. Se reirían de lo de Azaña en Casas Viejas.

El sueño cumplido de Benedetti

Alguien me dijo alguna vez que desconfiara de quien lee libros de autoayuda y dice escribir poesía: “cualquier gilipollas escribe cuatro líneas y cree ser un poeta”. Los libros de autoayuda no han mejorado la vida de nadie, salvo la del autor por los beneficios, algo parecido pasa con el trabajo. Hay quien dice todavía que el trabajo dignifica pero se sabe que éste vive de rentas o es empresario explotador de jóvenes sin futuro. Pero siempre hay tipos con suerte, o en su defecto con valentía y arrojo.
Las virtudes que destaco en mis semejantes son las virtudes de las que carezco. Por eso admiro a quien salta de la rueda o se escapa del redil marcado, con el único objetivo de aferrarse a una ilusión. Trasformar un sueño en realidad a menudo complica demasiado las cosas y no siempre estamos decididos a vender la comodidad a cualquier precio.

Con Mario Benedetti me ha pasado lo mismo que en su día me pasó con Eduardo Haro Tecglen: le leía desde hacía tiempo, pero tras la triste noticia de su muerte pude saber más detalles acerca de su vida. Y fue ayer cuando me enteré de que Don Mario trabajaba en una oficina, escribiendo poemas a escondidas. Hasta que un día decidió que dejaba todo por la poesía. Ahí es cuando mi admiración por el poeta crece más si cabe. La valentía le hizo tomar una decisión que en su día no debió ser nada fácil; cumplió su sueño de ser poeta y hoy todos le podemos leer.

O por lo menos eso haré yo, pues el cantamañanas que esto escribe no es más que un imbécil lleno de sueños incumplidos que ve morir los días tras los cristales de una puta oficina, sin otra salvación que leer a los genios.

Antonio Vega: esa voz melancólica

El domingo pasado en El País semanal leíamos una entrevista de Chavela Vargas, la gran Chavela, mejicana inmortal a quien Joaquín Sabina dedicó esa canción por muchos recordada y por todos tarareada: Por el boulevard de los sueños rotos. Me quedo con una de sus reflexiones, seguramente será algo que nunca olvide: "Tengo ganas de recostarme en el regazo de la muerte, que debe de ser bellísimo, muy bello. Tal vez por eso le tenemos tanto miedo a ese momento. Porque debe de ser hermosísimo"

Quiero - necesito - pensar que la muerte es como Chavela la descubre y que Antonio, el chico de los ojos tristes y voz melancólica, murió rodeado de la belleza de sus canciones:




Huelga decir que los poetas nunca mueren, sólo fingen estarlo: " Sé que voy a morir, pero sé también que dejo detrás de mí palabras que han justificado mi vida y que servirán para explicar al hombre que las dejó escritas: podrán estar casadas con mayor o menor acierto, pero, en cualquier caso, son jirones de mí mismo" Las máscaras del héroe, página 186 del segundo volumen.

Más allá de la Guerra Civil

Me habían alertado en repetidas ocasiones sobre lo empalagoso y largo que puede ser el proceso de lectura de una novela de Juan Manuel de Prada. En una de esas promociones del Círculo de Lectores daban a elegir, entre una veintena de libros un total de cinco al módico e insólito precio de un euro. De esos cinco que elegí recuerdo tres: una recopilación de ripios que publica semanalmente Joaquín Sabina en Interviú; la edición del Quijote del profesor Francisco Rico – sublime edición - y el séptimo velo de Juan Manuel de Prada. Recuerdo que cuando el pedido me llegó estaba leyendo una de esas historias del detective Pepe Carvalho, y por nada del mundo iba a dejar de lado al personaje ficticio que mejor me lo ha hecho pasar en mucho tiempo – me niego a considerar a Don Diego Alatriste y Tenorio mera ficción. Pero la curiosidad hizo que en una tarde de relax y sofá empezara a leer El séptimo velo con ese prólogo que forma parte de la historia que narra el joven autor en el libro. Bueno, me dije, tampoco es para tanto; el Juan Goytisolo de Señas de Identidad me parece muchísimo más retorcido. Así que cerré el tochaco de de Prada y lo incrusté en la estantería donde todavía hoy dormita: en la de las lecturas pendientes – algún día pasará de ser una estantería para convertirse en una habitación entera: ya no sé de dónde sacar tiempo para poder leer.

Apenas había escuchado hablar de Las máscaras del héroe, pero leyendo la contraportada de la nueva edición de Seix Barral que vi en un Corte Inglés, empecé a pensar que posiblemente podía ser un tema interesante para leer. Definitivamente me lanzó a ella los agradecimientos que Montero Glez en su Pólvora negra reparte: es de buen escritor – y éste lo es, lo aseguro – ser agradecido. Eso y haberlo visto de segunda mano en una Feria de libros antiguos – esto ya lo he contado – hizo que dejara todo lo que tengo pendiente y empezara a leerlo con un ansia que se ha ido reduciendo a medida que la historia avanzaba.

La historia se lleva a cabo en un Madrid cuya gente todavía no ha podido olvidar ese olor a pólvora que dejó el atentado fallido de Mateo Morral a Alfonso XIII en la calle Mayor cuando éste acababa de casarse y el cortejo se encaminaba al Palacio Real. Y finaliza con otro estallido: el de la terrible Guerra Civil que sacudió al país. Si desde un punto de vista literario nuestra Guerra es interesante – todavía me lamento de no haber cogido el Homenaje a Cataluña de George Orwell que un día tuve en mis manos. Hace años que ando como loco pensando en cómo vivió y peleó el autor de 1984 en nuestro país en aquellos terroríficos años defendiendo la República - lo que sucedió en años anteriores no lo es menos.
Por la novela, que podría definirla como coral, pasean literatos de todo tipo. Nos muestra las caras amargas y en ocasiones terriblemente asquerosas de los más brillantes escritores del siglo pasado. Hay dos personajes centrales: Pedro Luís Gálvez, personaje real, poeta oscuro y brillante que centra su vida en la literatura como piedra angular de la existencia del hombre; y Fernando Navales, personaje ficticio que narra la historia, cuya única distinción literaria es la de robar las obras a Gálvez y representarlas en el Teatro de la Comedia, donde trabaja, como autor de las mismas.

Bajo mi humilde punto de vista como lector a la novela le sobran páginas, pero la historia en sí es una de las más interesantes que he leído nunca. Recomendable.

Ajuste de cuentas

¿Os acordáis del abuelo tripado de El día de la bestia? Su físico es idéntico al personaje que hoy nos ocupa. Las uñas de las manos son un foco de infección y recuerdan a la boca de una iguana tras ingerir una rata de alcantarilla. No vayan a creer que vive en la calle, qué va, vive en el piso que su madre le dejó cuando la pobre murió. Y allí está, embadurnado de mierda, con la única satisfacción de no hacer nada en la vida.
Cuentan que de joven se mordía las uñas de los pies, y en una de ésas, cuando tenía quince años y le salía un huevo peludo por el lado izquierdo de su calzoncillos, se le agarró un pedrusco de uña negra en el cielo del paladar. Ni la cirugía le ha podido quitar esa cortina de mugre que le cuelga y por eso habla como si la boca estuviera llena de crines de caballo de cuadra sucia. Traga saliva como si la lengua la tuviera seca de lamerse las manos; alérgico al agua y al detergente lleva todos los pantalones con chorros de lefa, lo más parecido a la pintura seca. Preferiría no pensar cómo son sus calzoncillos; según he podido saber hace años aprendió a dormir con los ojos abiertos. Las legañas imposibilitan la unión de sus párpados y la última vez que lo intentó fue de urgencias por dos tajos en el párpado inferior que le llegaban al principio de la boca. De sus dos grandes y peludos agujeros de la nariz le baila una coreografía de mocos que traga mientras come con las manos. Como si hubiese descubierto que con la mucosidad la comida pasa más rápido por los conductos previos al estómago.

Minuto 92, gol de Llorente, y en el bar se esparce un nauseabundo olor a cloaca, una mezcla entre defecación de elefante y gato muerto. Nos giramos, claro, ese olor sólo puede venir de la boca del mugriento personaje. Nos mira riendo, de nuestro cuello cuelga unas bufandas del Barça.

- ¿Qué, os han jodido la fiesta, polacos? Mientras nos mirábamos con la resignación causada por la asquerosidad intelectual y física del personaje, éste reía a carcajadas, con la felicidad de los perdedores: su frustración sólo se compensa con el tropiezo ajeno.
- No, simplemente la han alargado.