Una divertida e insólita noticia aparece hoy en los diarios de Baleares. Un hombre de mediana edad reparte 52.000 euros entre los viajeros del aeropuerto de Son Sant Joan. Podemos imaginar a un multimillonario que tiene el dinero por castigo, repartiendo billetes de 50 euros a los ingleses, alemanes y seres de otras nacionalidades que pueblan el abarrotado e intransitable aeropuerto de Palma, mientras un chófer, con el aire acondicionado a 21 grados y traje oscuro impecable le espera en el Mercedes Benz y mira impaciente de soslayo a su jefe mientras piensa: “este tío siempre ha sido un gilipollas”. Hasta aquí ha llegado mi imaginación tras leer el titular.
La realidad es otra, todavía más inquietante. El tipo generoso es indigente, iba vestido con harapos deshilachados, olía a calle y a vino barato, y le había tocado una herencia inesperada. Así que tras calzarse alrededor de cinco litros de vino caliente se planta en la terminal del aeropuerto y, sonriente y educado, reparte con sus manos agrietadas y sus uñas llenas de mierda el dinero de la herencia.
Si el indigente estuviera pidiendo dinero no se le acercaba ni el Tato, pero como está repartiendo puede uno imaginarse sin demasiado esfuerzo que el tumulto a su alrededor es considerable, pese al olor rancio que desprende su piel curtida como el cuero.
La reacción del indigente puede sorprendernos, pero cabría pensar por qué alguien que no tiene dinero tampoco lo quiere. Qué tendrá el Poderoso Caballero para que ese miembro del lumpen lo repartiera con una sonrisa pícara mientras decía en voz baja: “tomad y joderos, cabrones”.
jueves 9 de julio de 2009
El generoso indigente
Etiquetas: Escritos, Opinión, Palma de Mallorca
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jueves 2 de julio de 2009
Lorenzo Milá
Nunca un mes de Julio empieza como acaba. Con esta pseudo metáfora vengo a decir que durante este mes me visita mi aniversario advirtiéndome, en su cita obligada, que ya tengo un año más en el bolsillo – algunos dirán que uno menos; desde aquí aprovecho para mandarles a la mierda -. No me preocupa demasiado, de hecho en la mayoría de ocasiones en las que me preguntan la edad tengo que pensar varios segundos para no errar en la cifra. Lo que da a entender que le doy a mi edad la misma importancia que la que dedica la prensa nacional a la muerte de Baltasar Porcel – salvo La Vanguardia, diario donde escribió hasta su fallecimiento, y el Diario de Mallorca, que fue el diario donde empezó a forjarse como periodista.
Pero no es de Baltasar Porcel – del que no he leído nunca nada y la única referencia que tengo es las buenas palabras que siempre he escuchado de mi madre sobre las novelas del escritor Andritxol ; sin olvidar su batalla dialéctica frente a Juan Marsé - quien me obliga a escribir en este tiempo de crisis – la mía, no la mundial - y pereza, sino Lorenzo Milá. Y es que este mes de Julio se notará todavía más la diferencia cuando acabe, pues el que esto escribe dejará de disfrutar de uno de los telediarios mejor hechos que ha visto nunca. Tras un largo y ajetreado día, cuando ya la ciudad intenta dormir y las farolas alumbran las aceras con el brillo ámbar propio de una novela policiaca, suelo esparramarme en el sofá frente a la tele a disfrutar de la profesionalidad de Lorenzo Milá y las noticias que el día que muere nos deja. Me gusta la intensidad con la que destaca algunas noticias, su ya característico movimiento de cejas al comenzar las frases, como si de sus párpados nacieran dos signos de exclamación. Me gusta su saber estar frente a la cámara y su manera de dirigirse a los que le vemos lejos de la prepotencia y soberbia que muestran alguno de sus colegas. Viendo el telediario de Lorenzo Milá me doy cuenta de que los demás no merecen la pena; el único que se salva es el de Gabilondo – a quien tengo como el mejor periodista español vivo -, pero tampoco llega.
Cuenta que se va a probar un nuevo reto como corresponsal de Washington, una opción valiente tras cinco años al frente del telediario de la televisión pública. Espero que tenga la suerte que se merece.
Le echaré de menos.
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viernes 26 de junio de 2009
Algo que contar
Llevo mucho tiempo sin ganas de escribir. Las historias me pasan por la cabeza sin que les haga demasiado caso, y el “ya lo haré en otro momento” acaba con todo. Hasta hoy. Acabo de recordar algo que me pasó hace unos pocos días. Y me he dicho a mí mismo que hay historias que merecen la pena salir, sea como sea.
Esta vez conducía mi padre. La carretera es estrecha y no te la conoces, me dijo. Y menos mal: dos carriles diminutos llenas de curvas con cambios de rasante y a cada lado unas cunetas de las que metes media rueda y a tomar por culo.
- ¿Ves ese cortijo de allí? – mi padre señalaba a un montón de roca que ya poco se parecía a lo que fue – eso son Los Riscos. Eso era de nuestra familia hasta hace muy poco.
El nombre de Los Riscos zumbó por mi cabeza hasta que caí en la cuenta. Claro coño, ahí es donde pasó aquella historia que escuchaste de niño y que jamás has olvidado.
Nos vamos hasta el 37, la situación en España todo el mundo la sabe y una familia numerosa – el padre, la madre, seis hijos y una hija de distintas edades – huye del pueblo para no ser blanco fácil.
La madre sube corriendo hacia el piso de arriba y se encuentra con su hijo: Antonio, dice entre lágrimas, viene El Relojero. Antonio tiene 17 años y mientras carga la escopeta grita a sus hermanos pequeños que se encierren en la habitación y le pregunta a su madre dónde está papá.
En la habitación de arriba se sientan los seis niños apoyados con la espalda en la pared con el susto en los ojos y las moscas sobre la cabeza. El padre ha decidido salir al encuentro de aquel famoso Relojero y los que le acompañan, que son los enemigos más temidos de la zona. A unos cinco metros de la puerta del cortijo, el padre de familia y el Relojero intercambian unas palabras que Antonio apenas escucha, pues usa todos sus sentidos en apuntar con la escopeta al Relojero.
- Como toque a mi padre lo mato – la madre solloza en voz baja, se tapa la boca con una mano y con la otra tapa la boca del más pequeño de sus hijos.
- Ni se te ocurra Antonio que nos matan – la madre mira a su hijo con preocupación. Pero Antonio no tiene oídos ni para su madre, sólo tiene ojos para apuntar a la cabeza de El Relojero.
La cosa acaba bien. No puede ser de otra forma, pues éste que está aquí ni tendría abuelo, ni padre, ni recursos para contar historias como ésta que le ponen la piel de gallina y le hacen brillar los ojos.
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miércoles 3 de junio de 2009
Fue bonito mientras duró
Me preguntan, no pocas veces, por qué no siento el anhelo de una tercera República. Básicamente, intento sintetizar, porque el último recuerdo que tenemos sobre una España gobernada por la República fue un periodo de ilusión tras un siglo XVIII con muchos cambios y unos primeros años del XIX tremendamente tenso. Ayer noche degustaba con avidez el libro escrito por Luís García Montero sobre el poeta Ángel González, Mañana no será lo que Dios quiera, y llegué al momento en que ese niño llamado Angelito vio proclamarse la segunda República. Recuerda el júbilo en la calle, la ilusión de su madre, las banderas, los gritos que desde las terrazas demostraban los vecinos su alegría.
Entonces me viene a la cabeza la ambigüedad del PSOE, los sinvergüenzas del PP, el desgobierno de IU, los sindicatos, los independentistas y nacionalistas; los viajes en el Falcon, las bodas de las hijas del presidente, las invisibles facturas de los trajes, la “suerte” de Carlos Fabra con la lotería y la justicia y el amor a la familia de Chaves.
Y me imagino a todas esas hienas gobernando a su libre albedrío sin tener que dar cuentas ni arrodillarse delante de nadie y se me pone la piel de gallina. Se reirían de lo de Azaña en Casas Viejas.
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martes 19 de mayo de 2009
El sueño cumplido de Benedetti
Alguien me dijo alguna vez que desconfiara de quien lee libros de autoayuda y dice escribir poesía: “cualquier gilipollas escribe cuatro líneas y cree ser un poeta”. Los libros de autoayuda no han mejorado la vida de nadie, salvo la del autor por los beneficios, algo parecido pasa con el trabajo. Hay quien dice todavía que el trabajo dignifica pero se sabe que éste vive de rentas o es empresario explotador de jóvenes sin futuro. Pero siempre hay tipos con suerte, o en su defecto con valentía y arrojo.
Las virtudes que destaco en mis semejantes son las virtudes de las que carezco. Por eso admiro a quien salta de la rueda o se escapa del redil marcado, con el único objetivo de aferrarse a una ilusión. Trasformar un sueño en realidad a menudo complica demasiado las cosas y no siempre estamos decididos a vender la comodidad a cualquier precio.
Con Mario Benedetti me ha pasado lo mismo que en su día me pasó con Eduardo Haro Tecglen: le leía desde hacía tiempo, pero tras la triste noticia de su muerte pude saber más detalles acerca de su vida. Y fue ayer cuando me enteré de que Don Mario trabajaba en una oficina, escribiendo poemas a escondidas. Hasta que un día decidió que dejaba todo por la poesía. Ahí es cuando mi admiración por el poeta crece más si cabe. La valentía le hizo tomar una decisión que en su día no debió ser nada fácil; cumplió su sueño de ser poeta y hoy todos le podemos leer.
O por lo menos eso haré yo, pues el cantamañanas que esto escribe no es más que un imbécil lleno de sueños incumplidos que ve morir los días tras los cristales de una puta oficina, sin otra salvación que leer a los genios.
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martes 12 de mayo de 2009
Antonio Vega: esa voz melancólica
El domingo pasado en El País semanal leíamos una entrevista de Chavela Vargas, la gran Chavela, mejicana inmortal a quien Joaquín Sabina dedicó esa canción por muchos recordada y por todos tarareada: Por el boulevard de los sueños rotos. Me quedo con una de sus reflexiones, seguramente será algo que nunca olvide: "Tengo ganas de recostarme en el regazo de la muerte, que debe de ser bellísimo, muy bello. Tal vez por eso le tenemos tanto miedo a ese momento. Porque debe de ser hermosísimo"
Quiero - necesito - pensar que la muerte es como Chavela la descubre y que Antonio, el chico de los ojos tristes y voz melancólica, murió rodeado de la belleza de sus canciones:
Huelga decir que los poetas nunca mueren, sólo fingen estarlo: " Sé que voy a morir, pero sé también que dejo detrás de mí palabras que han justificado mi vida y que servirán para explicar al hombre que las dejó escritas: podrán estar casadas con mayor o menor acierto, pero, en cualquier caso, son jirones de mí mismo" Las máscaras del héroe, página 186 del segundo volumen.
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Más allá de la Guerra Civil
Me habían alertado en repetidas ocasiones sobre lo empalagoso y largo que puede ser el proceso de lectura de una novela de Juan Manuel de Prada. En una de esas promociones del Círculo de Lectores daban a elegir, entre una veintena de libros un total de cinco al módico e insólito precio de un euro. De esos cinco que elegí recuerdo tres: una recopilación de ripios que publica semanalmente Joaquín Sabina en Interviú; la edición del Quijote del profesor Francisco Rico – sublime edición - y el séptimo velo de Juan Manuel de Prada. Recuerdo que cuando el pedido me llegó estaba leyendo una de esas historias del detective Pepe Carvalho, y por nada del mundo iba a dejar de lado al personaje ficticio que mejor me lo ha hecho pasar en mucho tiempo – me niego a considerar a Don Diego Alatriste y Tenorio mera ficción. Pero la curiosidad hizo que en una tarde de relax y sofá empezara a leer El séptimo velo con ese prólogo que forma parte de la historia que narra el joven autor en el libro. Bueno, me dije, tampoco es para tanto; el Juan Goytisolo de Señas de Identidad me parece muchísimo más retorcido. Así que cerré el tochaco de de Prada y lo incrusté en la estantería donde todavía hoy dormita: en la de las lecturas pendientes – algún día pasará de ser una estantería para convertirse en una habitación entera: ya no sé de dónde sacar tiempo para poder leer.
Apenas había escuchado hablar de Las máscaras del héroe, pero leyendo la contraportada de la nueva edición de Seix Barral que vi en un Corte Inglés, empecé a pensar que posiblemente podía ser un tema interesante para leer. Definitivamente me lanzó a ella los agradecimientos que Montero Glez en su Pólvora negra reparte: es de buen escritor – y éste lo es, lo aseguro – ser agradecido. Eso y haberlo visto de segunda mano en una Feria de libros antiguos – esto ya lo he contado – hizo que dejara todo lo que tengo pendiente y empezara a leerlo con un ansia que se ha ido reduciendo a medida que la historia avanzaba.
La historia se lleva a cabo en un Madrid cuya gente todavía no ha podido olvidar ese olor a pólvora que dejó el atentado fallido de Mateo Morral a Alfonso XIII en la calle Mayor cuando éste acababa de casarse y el cortejo se encaminaba al Palacio Real. Y finaliza con otro estallido: el de la terrible Guerra Civil que sacudió al país. Si desde un punto de vista literario nuestra Guerra es interesante – todavía me lamento de no haber cogido el Homenaje a Cataluña de George Orwell que un día tuve en mis manos. Hace años que ando como loco pensando en cómo vivió y peleó el autor de 1984 en nuestro país en aquellos terroríficos años defendiendo la República - lo que sucedió en años anteriores no lo es menos.
Por la novela, que podría definirla como coral, pasean literatos de todo tipo. Nos muestra las caras amargas y en ocasiones terriblemente asquerosas de los más brillantes escritores del siglo pasado. Hay dos personajes centrales: Pedro Luís Gálvez, personaje real, poeta oscuro y brillante que centra su vida en la literatura como piedra angular de la existencia del hombre; y Fernando Navales, personaje ficticio que narra la historia, cuya única distinción literaria es la de robar las obras a Gálvez y representarlas en el Teatro de la Comedia, donde trabaja, como autor de las mismas.
Bajo mi humilde punto de vista como lector a la novela le sobran páginas, pero la historia en sí es una de las más interesantes que he leído nunca. Recomendable.
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lunes 11 de mayo de 2009
Ajuste de cuentas
¿Os acordáis del abuelo tripado de El día de la bestia? Su físico es idéntico al personaje que hoy nos ocupa. Las uñas de las manos son un foco de infección y recuerdan a la boca de una iguana tras ingerir una rata de alcantarilla. No vayan a creer que vive en la calle, qué va, vive en el piso que su madre le dejó cuando la pobre murió. Y allí está, embadurnado de mierda, con la única satisfacción de no hacer nada en la vida.
Cuentan que de joven se mordía las uñas de los pies, y en una de ésas, cuando tenía quince años y le salía un huevo peludo por el lado izquierdo de su calzoncillos, se le agarró un pedrusco de uña negra en el cielo del paladar. Ni la cirugía le ha podido quitar esa cortina de mugre que le cuelga y por eso habla como si la boca estuviera llena de crines de caballo de cuadra sucia. Traga saliva como si la lengua la tuviera seca de lamerse las manos; alérgico al agua y al detergente lleva todos los pantalones con chorros de lefa, lo más parecido a la pintura seca. Preferiría no pensar cómo son sus calzoncillos; según he podido saber hace años aprendió a dormir con los ojos abiertos. Las legañas imposibilitan la unión de sus párpados y la última vez que lo intentó fue de urgencias por dos tajos en el párpado inferior que le llegaban al principio de la boca. De sus dos grandes y peludos agujeros de la nariz le baila una coreografía de mocos que traga mientras come con las manos. Como si hubiese descubierto que con la mucosidad la comida pasa más rápido por los conductos previos al estómago.
Minuto 92, gol de Llorente, y en el bar se esparce un nauseabundo olor a cloaca, una mezcla entre defecación de elefante y gato muerto. Nos giramos, claro, ese olor sólo puede venir de la boca del mugriento personaje. Nos mira riendo, de nuestro cuello cuelga unas bufandas del Barça.
- ¿Qué, os han jodido la fiesta, polacos? Mientras nos mirábamos con la resignación causada por la asquerosidad intelectual y física del personaje, éste reía a carcajadas, con la felicidad de los perdedores: su frustración sólo se compensa con el tropiezo ajeno.
- No, simplemente la han alargado.
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domingo 3 de mayo de 2009
¿Qué fue de Julen? III
Llegados a este punto, me es imposible narrar con exactitud las sensaciones y pensamientos vividos cuando por mis ojos pasaban imágenes como en diapositivas jamás imaginadas. Porque mientras el policía con acento canario me devolvía la documentación, escuché un grito de dolor, seco, corto pero intenso. Más que un grito parecía que alguien intentaba vaciar con la rapidez de un soplido sus pulmones. Giré mi cabeza con brusquedad y en repetidas ocasiones tuve que frotarme los ojos para asegurarme que lo que veía era del todo real. En el suelo se esparramaba el largo cuerpo – no creo mentir si digo que era cadáver más que cuerpo – del policía que custodiaba a Julen. Del cuello le brotaba una fuente de sangre que parecía tener prisa por salir, lo más parecido al semen de un recién desvirgado. Las convulsiones le hacían golpear con tremenda violencia la parte de atrás de su cráneo contra el sucio suelo, y la recortada bailaba sobre su pecho con el cañón apuntando a mi dirección. En el reflejo del retrovisor exterior izquierdo, pude ver cómo Julen corría a la desesperada mientras un trozo de metal le brillaba en su mano derecha. Entre los policías sólo se escuchaban gritos y órdenes; los furgones encendieron las sirenas y el policía canario había agarrado su pistola apuntándome me advertia que no se me ocurriera hacer nada, sólo que me limitara a tener las manos en el volante. El miedo me paralizó, no volví a mirar por el retrovisor para ver a Julen; tenía la vista nublada y sólo escuchaba los gritos melancólicos de un compañero intentando taponar la herida que seguía escupiendo sangre sin parar del cadáver del orangután metido a policía.
Fui detenido y conducido a dependencias policiales. Tras un interrogatorio que transcurrió desde primera hora de la tarde hasta altas horas de la madrugada, me encerraron en una de las celdas de comisaría.
- Hasta que no aparezca el hijo de la gran puta de tu amigo de aquí no sales – en la celda habitaba con una tranquilidad impropia del lugar un tipo de piel curtida, parecía cosido con trozos de cuero. Su rostro era estirado y su nariz aguileña y en su ceño nacían arrugas finas y elegantes. En sus manos permanecía quieto un libro: una edición moderna de La Busca de Pío Baroja, que no dejó de leer en toda la noche, sólo pareció despistarse cuando me dio las buenas noches al entrar y los buenos días al salir. Calculo que debía llevar unas cuatro horas encerrado – la noción del tiempo la dejé antes de entrar en aquella maldita celda, junto a mis pertenencias y los cordones de los zapatos – cuando pareció que acababa de leerse el libro; sin entretenerse lo más mínimo lo cerró y lo volvió a abrir por la primera página, para embelesarse de nuevo con la prosa del bueno de Don Pío, ese inmortal y brillante viejo gruñón.
Son las diez de una triste y extraña mañana, hace apenas dos horas que entraba por la puerta de mi casa procedente de una fría celda desde la cual me he entretenido toda la noche luchando contra la claustrofobia galopante que desde pequeño me impide encerrarme en lugares oscuros y de difícil salida. Las sensaciones que anidan en mi interior también son complicadas de describir, con cinco cafés mi cuerpo se siento cansado y mi corazón late como el de un joven ansioso por vivir. El estómago vacío y cargado de cafeína me ha creado un revoltijo de ácidos que, mezclados con un estado permanente de nervios, se manifiestan en forma de arcadas con un sabor asqueroso parecido al de la mierda de caballo mezclada con serrín. Una mezcla de traición y desilusión recorre mi cuerpo, sin saber todavía cuál es la causa por la que Julen reaccionó así y si tiene algo que ver con aquel pasado oscuro y desconocido que siempre trataba de evitar. Son muchas las preguntas que se me aparecen, pero ninguna respuesta que acabe con las dudas. Para que se me pueda entender y respetando al máximo las diferencias, me imagino que la sensación puede parecerse a la de aquellos alemanes de mediados del siglo pasado que terminaron por saber que aquel polvo que entraba por sus ventanas y les ensuciaba la ropa tendida, traídas por el viento desde alguna chimenea cercana, no era sino las cenizas de carne judía. Un pasado inocente acaba creando en mí una sensación de vulnerabilidad angustiosa. A estas horas de la mañana la noticia recorre el país en los periódicos y el mundo a través de Internet, o por lo menos eso intuyo: de momento no he tenido agallas para comprobarlo. Quizás la única sensación que no aflora en mí es la curiosidad; no quiero saber más de lo que sé, pues entiendo que sé demasiado.
Cuando ponga punto y final a esta innecesaria redacción, cerraré la persiana construyendo un muro contra la luz y me tumbaré en la cama intentando dormir para imaginar y soñar que cuando despierto nada de esto ha ocurrido.
Soñaré que la realidad no es más que una efímera pesadilla.
Puede que algún día continúe...
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viernes 1 de mayo de 2009
¿Qué fue de Julen? II
- Ayer vi una película irlandesa, no recuerdo el nombre; era un poco lenta y tremendamente chapucera, pero tiene una de las mejores secuencias que he visto en mi vida. El protagonista, un cartero que en un momento de debilidad pone los cuernos a su mujer, está sentado en el sillón del salón de su casa; la secuencia es un primer plano de éste, con un revólver apuntando a su sien. El tío repasa su vida con una mezcla de confesión casi filosófica y unos silencios que ponen la piel de gallina; de los ojos le caen lágrimas y su frente brilla por la humedad del sudor. Antes de volarse la cabeza dice una de las frases más grandes que he escuchado en mucho tiempo: “Sólo hay algo más frío y cruel que el tacto en la sien del cañón de una pistola, la mirada vengativa de una mujer traicionada”.
- Y pum, ¿no?
- Exacto – nos miramos por primera vez a los ojos, me miró con la satisfacción de haberme contado algo que sabía que me encantaría escuchar. Se giró y me quedé mirando su perfil, conducíamos despacio por el centro de la ciudad, mientras me fijaba en pocos segundos en sus patillas perfectas, su bigote cuidado y su corte de pelo casi militar.
- ¡Mierda! – a unos cincuenta metros un grupo de policías con dos furgones daban el alto a los coches. Calculo que habría unos diez agentes; cinco de ellos se encargaban de pedir la documentación del vehículo y de los ocupantes y los otros, con recortadas, daban vueltas alrededor de los vehículos parados.
Quien esto escribe ya va por el tercer café, y asegura no mentir cuando en el rostro de Julen se reflejaba la frialdad de un busto cuando dirigiéndose a mí aseguró no tener documentación para mostrar al agente con acento canario que, con media cabeza metida en la ventanilla miraba a Julen con la prepotencia que un soldado, fusil en alto, observa a su adversario en el paredón. El policía nacional, con un rápido gesto de cabeza alertó de la situación a un compañero, quien, con una celeridad que creó en mí un primer resquicio de temor, abrió la puerta de Julen y le hizo bajar del vehículo. Éste permanecía tranquilo, con la seguridad atada a la cara y, haciendo caso a las instrucciones del policía apoyó su espalda contra la pared cercana. Desde el coche vi una pequeña conversación de apenas medio minuto entre Julen y el de la recortada, que era un tipo tremendamente alto y con unas manos robustas que acababan en unos dedos largos y finos. Sólo intuí, por breves y lentos movimientos de cuello, que Julen negaba con la cabeza en repetidas ocasiones. Era testigo de esa conversación mientras en el furgón alguien revisaba mi documentación y la del vehículo.
Julen levantó una mano en señal de disculpa, el policía, que por una vez se mostró servicial, retrocedió varios pasos mientras Julen se daba la vuelta, apoyaba su mano contra la pared e inclinaba su cuerpo para vomitar contra el suelo. Trozos de manzana se agarraban a sus zapatillas, acompañadas de un líquido viscoso, y varios escupitajos de saliva densa le caían sin remedio. El policía con acento canario reclamó mi atención, y al comprobar mi gesto de preocupación me recomendó tranquilidad, seguramente, me dijo, la reacción de su amigo sea por culpa de los nervios. Me ayudaron esas palabras a mitigar parte de mis nervios, respiré hondo y le agradecí con un gesto la pizca de humanidad mostrada por vez primera.
Continuará...
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jueves 30 de abril de 2009
¿Qué fue de Julen? I
Si logro vencer al sueño, controlo el temblor de mi mano derecha y si los rugidos estomacales de un día en ayunas no logran desconcentrarme, intentaré dentro de mis posibilidades escribir esta historia terriblemente real; acaso lo más real que en mi vida ha podido pasar. Real por triste, pues así como la felicidad es una nube de sueños y fantasías muy lejanas a los parámetros de la realidad, la tristeza cose tus pies a la tierra e imposibilita cerrar los ojos para no ver más que tu propia vida. Todavía tengo las nalgas con una frialdad indescriptible, como si hubiese estado años sentado sobre una placa de hielo que no hace más que recordarme que, por desgracia en la mayoría de momentos, sigo vivo. Bajo los ojos unos trazos de tinta negra se posan con la facilidad con la que un pájaro termina su vuelo en una rama de árbol deshojada. Y sin querer aflorar más la sensibilidad del lector diré que hace ya demasiadas horas que las lágrimas se agotaron. Pero ya está bien de hablar del presente, pues si estoy aquí no es para hablar bien o mal de mí, sino para vomitar de una vez por toda la historia que me corroe las tripas y no me deja vivir.
En mi despertar no hubo nada de insólito. Tampoco había nada extraño cuando pasé a recogerlo con mi coche a la esquina de siempre. Su eterna manzana ocupaba la palma de su mano izquierda; muchas veces he pensado que debería preguntarle si la manzana es siempre la misma, pero ese color verdoso tan natural y su enorme boca engullendo por zonas su pieza de fruta en cuanto sube al coche me hace desistir. Sería una pregunta estúpida, casi insolente y violenta. Como recordarle a alguien que siempre va con la misma ropa: ¿te da tiempo a lavarla todas las noches? Hay preguntas que conviene tener paciencia para no recibir una respuesta inapropiada; el futuro, y sólo el futuro, es capaz de responder cualquier pregunta por muy complicada que ésta sea. Y si hay alguien que nos instruye y nos contesta nuestros cuestionarios con una facilidad casi imposible, es él quien lo logra.
Julen – pues así se llama el que a estas alturas de la historia es mi compañero de viaje – es tremendamente generoso. Hace poco tiempo que le conozco, pero entró en mi círculo de amigos con una facilidad sospechosa. Su espíritu bromista, su facilidad en la relación con la gente y un don de la amistad innato en él, hizo que entre los amigos de toda la vida fuese uno más desde el segundo día.
- ¿Has pensado alguna vez en suicidarte? – Julen tiene una voz varonil, con un punto de melancolía que se refleja también en sus ojos marrones siempre brillantes. Seguía pegando mordiscos a la manzana mientras algún pequeño rastro de jugo caía por el lado izquierdo de su boca. Dudé en la respuesta.
- No. Creo que no, nunca – negaba con la cabeza mientras dibujaba en mi rostro un signo de interrogación - ¿a qué viene esa pregunta? – quizás había preguntado demasiado rápido. Cuando Julen se ausentaba por algún motivo – la mayoría de veces por un motivo femenino: ni yo ni ustedes conocerán a nadie que tenga tanta facilidad en el cortejo como él – en el grupo de amigos siempre salía el tema. Especulábamos sobre qué habría pasado en ese tiempo que Julen llamaba Crisis. ¿Depresión? ¿Problemas con las drogas? Otros, medio en broma, hablaban sobre la posibilidad de que Julen fuese un ex convicto. El caso es que desconocemos casi todo sobre su pasado. No sabemos nada de su familia, sí conocemos sus raíces vascas – el athletic es una de sus pocas pasiones – y que durante mucho tiempo de su vida vivió en Oviedo. Una de sus aficiones – aparte del fútbol: ya he contado que su corazón de león rugía cada domingo - es el cine; Julen es un cinéfilo empedernido de dos películas diarias de lunes a domingo. Insomne, curioso y culto; y con un punto de mala hostia que nunca emplea con los amigos. Sólo un ápice de hipocondría debilita su carácter seguro y fuerte. Siempre da la sensación de estar curtido en mil batallas; la facilidad con la que sale de algunas complicaciones recibe muchas envidias y aplausos. Y quizás ese sea una de las claves por las que logró integrarse sin dificultades en nuestro grupo de amigos: ante adversidades inesperadas era el teléfono de Julen el que marcábamos en mi busca de ayuda y apoyo. Siempre estaba allí, con un compromiso ineludible y volcando todo su esfuerzo en buscar la solución a nuestros problemas, por complicado que estos fueran Julen siempre colaboraba en busca de la mejor solución para solucionar el entuerto.
Continuará...
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martes 28 de abril de 2009
Javier Ortiz ha muerto
Leo la entrevista digital en El País a Enric González y me entero de que ha muerto Javier Ortiz. Periodista de raza; y blogger. En su artículo diario hablaba claro; me gustaba leerle, aunque en algunos casos era demasiado…bueno, ya da igual. Hay pocos artículos de Javier que te dejan indiferentes. Valentía, humor negro y compromiso.
Y su estilo se resume en el obituario que el mismo escribió poco antes de morir. Lo encontraréis en su blog: www.javierortiz.net.
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Orgía de egos
¿Puede uno mostrarse feliz frente a un final, que se le muestra esperanzador, si hasta ahí se ha llegado con unos medios que considera inapropiados? Es decir: ¿nos podemos alegrar de la cruel ejecución, por ejemplo, de un tipo como Sadam Husein, dictador sin escrúpulos? De eso ya hablé en su día por aquí, y ya dije que no, que una vez más el fin no justificaba los medios.
Hace años que llevo este debate al terreno político. Me he mostrado siempre contrario a los pactos post electorales: me parece una forma descabellada de amarrarse al poder, jugar con el voto del ciudadano y formar coaliciones que poco tienen que ver con la idea de partido que nos han vendido en la carrera electoral y por el que hemos depositado el voto en la urna.
Si bien es cierto que gracias a estas coaliciones interesadas se han formado dos gobiernos autónomos que han quitado del poder a partidos con los que no simpatizo. Estoy hablando del PP en Baleares y el PNV en Euskadi. Aunque en el primer caso me toca más de cerca y por eso mismo me vi en un momento dado manipulado por mi voto al partido socialista, el segundo caso, con la alianza entre populares y socialistas, nos demuestra que en política no hay memoria y sí afán de asentar el culo en el sillón más alto tirando por la borda cualquier principio. Ya sabemos lo que dijo Groucho Marx, que a buen seguro se acordaría de algún político cuando espetó su ya famosa frase: “estos son mis principios, si no le gustan tengo otros”.
El segundo pacto de progreso, que constituyó el gobierno en Baleares, en un primer momento me pareció correcto: con el simple hecho de quitar el poder a la derecha - que llenaba con alcaldes populares los calabozos de la cárcel de Palma y el litoral de ladrillo en aquellos años en que la burbuja inmobiliaria era un halo de luz divino que cegaba las mentes de los encorbatados, algo así como el representante de Dios en la tierra – ya era motivo de infinita felicidad. Pero, ¿a qué precio? Al de utilizar mi voto para aupar al poder a partidos nacionalistas e independentistas. Haciendo balance de la legislatura de esta orgía de egos que gobierna el archipiélago, he de decir que de momento no me compensa. Aun sabiendo que, todos esos delincuentes que gracias a su posición política han trincado todo lo que han podido estando en el poder mientras gobernaba el PP, seguirían haciendo desde lo más alto lo único que saben hacer. Y encima lo hacen mal, pues ahora la mayoría duerme entre rejas.
El afán de poder del pacto de progreso se queda diminuto si miramos un poco más al norte y vemos que en breve Patxi López será el próximo Lehendakari. Sí, con la inestimable ayuda del PP; ese mismo partido que acusaba a los socialistas de romper España, de regalar Euskadi y Navarra a los terroristas. La memoria política, ya digo, es diminuta y casi inexistente cuando no interesa. O quizás sea tan pequeña porque a su lado las ansias de poder parecen infinitas. Y conste que no hablo de los políticos que van a dar la cara en el gobierno de Euskadi, pues si hay alguna profesión que merece el mayor de mis respetos es la de representante de un partido político con ideas democráticas en una tierra tan hostil en la que se amenaza de muerte por tener ideas contrarias a los terroristas. Hablo de los mandamás que dirigen el cotarro desde Génova y Ferráz, pues son estos los que sin exponerse demasiado al riesgo han mirado hacia otro lado cuando han visto que podían poner sus siglas en el gobierno de Euskadi. Incapaces de crear una política de Estado que haga frente a uno de los mayores problemas de este país, ahora nos quieren vender la moto de que son muy amigos, que se quieren mucho y que tienen la misma idea de futuro. Pamplinas.
Mallorca está mucho más tranquila sabiendo que Jaume Matas está en Washington y el traje de Lehendakari le sienta de fábula a Patxi López, pero los pactos post electorales me siguen pareciendo una tomadura de pelo a los votantes. Una copulación de intereses que la mayoría de veces acaba mal.
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domingo 26 de abril de 2009
Arturo Pérez-Reverte ( Crónica de guerra, Croacia )
Para quien quiera saber más sobre el tema recomiendo el conocidísimo libro de Territorio Comanche:
"Para un reportero en una guerra, territorio comanche es el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta; donde siempre parece a punto de anochecer y caminas pegado a las paredes, hacia los tiros que suenan a lo lejos, mientras escuchas el ruido de tus pasos sobre los cristales rotos. El suelo de las guerras está siempre cubierto de cristales rotos. Territorio comanche es allí donde los oyes crujir bajo tus botas, y aunque no ves a nadie sabes que te están mirando."
Territorio Comanche en PDF.
Video visto en Fotos de tiempos pasados.
Etiquetas: Libros, Recomendaciones, Videos
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viernes 17 de abril de 2009
Susan Boyle: el cisne mediático
Estamos en un concurso en busca del saltimbanqui bailongo del año. Ese ser que acabará siendo el esclavo de alguna discográfica y que, con mucha suerte, sacará un segundo disco antes de que caiga en el olvido colectivo y ya nadie reconozca su cara. A no ser que acabe vendiendo de nuevo el alma a otro diablo: La Isla de los famosos, Mira quién baila, etcétera. Por lo menos así funciona en la versión española de este concurso – cuyo nombre no quiero acordarme -, en la versión inglesa, que es la que me importa hoy, albergo pocas esperanzas de que sea algo distinto: el formato del concurso dista mucho de ser un descubre talentos y es algo así como una fábrica de música lamentable en las que los discos salen al mercado como churros en puestos de feria. Pero no, yo soy el que está equivocado y ellos son los que entienden, pues según dicen sus bajas ventas no tienen nada que ver con la calidad de su música sino que la culpa es de los cabrones que descargan sus cedés de forma gratuita.
De repente salta a escena una participante cuyo físico no cuadra con el del resto de los concursantes: su cara es achatada, sus ojos achinados; pelos revueltos en un deforme moño y un vestido más acorde con la estética de principios del siglo pasado esconde unas caderas anchas y un pecho caído. Se llama Susan Boyle y tiene 47 años.
Los miembros del jurado, como las personas del público, se miran intentando compartir la vergüenza ajena. Agarra el micrófono y de su boca sale un chorro de voz que inunda la sala. Esa mujer ha dejado de ser un bicho feo y anticuado para pasar a ser una bella persona de voz espléndida y que nos ha dado a todos una lección en la vida. Mientras tanto, los ejecutivos de la discográfica y de la plataforma audiovisual, calculadora en mano, hacen cuentas para saber cuántos millones de libras van a ganar con esa cantante rara avis que convertirán en estrella mediática.
Esa mujer, que ha pasado de patito feo a precioso cisne, es noticia: los medios de comunicación se llenan la boca con halagos. Subrayan con morbosidad el hecho de que la mujer sea virgen y lo único que desea, por encima de ser una estrella de la canción, es que un hombre la bese en la boca, pues ni en la mejilla la han besado antes.
No te preocupes, le digo en voz baja mientras el telediario ofrece una y otra vez las imágenes, esos pseudos cantantes que lo único que han hecho es el ridículo en el casting del concurso - que a buen seguro tú ganarás - porque su voz es vomitiva y cuya estrella polar es la fama, harán cola en la puerta de tu casa para comerte el coño sin parar. Lo harán con ganas y decisión, mientras se llenan los bolsillos con parné y exclusivas en prensa amarilla.
Y todos aquellos vecinos para los que hace poco más de tres días eras un bicho feo a los que les daba asco cruzarse contigo, piensan que hoy eres una mujer preciosa y que tu historia tiene que ser un ejemplo para mirar más allá del físico y fijarse más en el alma de las personas, pues ahí residen los verdaderos valores de un ser. Según dicen están deseando que vuelvas a casa para poder abrazarte y hacerse fotos contigo.
A buen seguro esa mujer acabe añorando ese tiempo en que nadie la besaba: es mejor sentir el desprecio de la gente en una casa vacía y solitaria a que te besen con labios cubiertos de mierda y conveniencia. Esta función no puede tener un final feliz, Susan Boyle seguirá estando sola aunque la rodeen de gente.
Pensamiento en voz alta: Espero no encontrarme con nadie que, aprovechando la similitud entre ambas historias, compare a Susan Boyle con Paul Potts, la voz de este último sólo se codea con dioses y genios, pues no me quedará otra que defecar delante suya y hacerle saber que esa mierda alberga más conocimientos musicales que él.
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martes 14 de abril de 2009
Las máscaras del héroe
En España hay que ir al loro a quien se lee. Javier Marías escribió un artículo en el que contaba cómo una amiga suya se había cruzado con una manifestación de la AVT – en aquellos tiempos en los que se manifestaban día sí y día también – y tuvo que salir por patas amenazada por llevar el diario El País bajo el sobaco. La AVT negó los hechos y denunció a Marías; no sé cómo acabó la cosa.
Los periódicos son las trincheras actuales. Sus editoriales son las órdenes y los columnistas nuestros generales. Cambia mucho nuestra visión interior de las personas cuando vemos qué leen éstas: un jubilado lee el periódico en el bar mientras espera que se enfríe el café, la boina en su sitio, la vara colgada del respaldo de la silla y la chaqueta en el perchero más cercano. ¿Piensa uno lo mismo de ese señor si está leyendo El País o si por el contrario lee El Mundo? Nuestras percepción de su carácter, de su pasado o presente cambiará: quizás no será ni mejor ni peor, aunque en algunos casos sí se radicalizará la opinión sobre el jubilado. Alguno de los dos periódicos ha de helarnos el corazón.
Me viene a la memoria una anécdota. Ocurrió hace tres o cuatro años, en un baratillo – me encanta esta palabra – o mercadillo. Estaba montado en medio de un descampado con montañas de arena a los lados y escasa vegetación. El viento hacía correr cortinas de polvo entre los pasillos que formaban las mesas con variedad de objetos y los vendedores recurrían a las piedras para impedir que el viento se llevara volando algunos tebeos amarillentos: Mortadelo y Filemón, Capitán Trueno, Tin tin, Asterix... Llegando al final de ese pasillo de tenderetes, había un galés de pelo largo y canoso que vendía libros en inglés, francés y castellano a un euro. El maldito paraíso, me dije. Anduve media horita larga seleccionando libros para llevarme, cuando vi un título en el lomo blanco, viejo y arrugado que me llamó poderosamente la atención: las flechas de mi haz de José Luís Martín Vigil. Acababa de leer Una chabola en Bilba y Los curas comunistas, dos novelas de este autor que me atraparon. Lo agarré para mirar la portada. No supe si estaba viendo una portada del libro de un jesuita y escritor comprometido con el movimiento obrero o un panfleto falangista. Con el libro todavía en la mano miré a ambos lados de reojo, me ruboricé y lo dejé en su sitio. Todavía hoy me arrepiento, pues no he logrado verlo en ningún otro sitio. Y menos a ese precio. Con haberle explicado al galés, mientras le daba el euro, que el título era tan irónico como el Si te dicen que caí de Juan Marsé y haberlo metido en mi chaqueta hasta cruzar el umbral de la puerta de mi casa habría bastado para tenerlo en la estantería de mi habitación.
Llevo varios días leyendo Las máscaras del héroe de Juan Manuel de Prada – comprado en la feria del libro antiguo por cuatro míseros euros. Lo he visto en muchas librerías por 23 – sin poder levantar la vista de sus páginas, disfrutando con cada palabra y entristeciéndome sabiendo que llegará el final. Llevando algo menos de doscientas páginas – un tercio aproximadamente – me pregunto: ¿tendré valor a confesar que entre mis novelas favoritas está una de Juan Manuel de Prada: alguien que es capaz todavía de discutir a Darwin, que considera la homosexualidad como una enfermedad y suelta perlas semejantes a: “el mayor signo de libertad para un hombre es estar bajo un estado de absoluta obediencia”? ¿Qué pensarán de mí mientras se enfría el café?
Sólo el que la haya leído o la esté leyendo me podrá entender.
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miércoles 8 de abril de 2009
El primer control policial (y que viva el verano).
Optamos por agazaparnos de la lluvia en el inmenso Centro Comercial. Dos camisetas y dos jerseys tuvieron la culpa. Siempre que bajo por la inclinada rampa de salida recuerdo que a pocos pasos de aquel parking está el piso desde donde llegaron a tener a tiro en dos ocasiones al Rey Juan Carlos. No olvidaré jamás los días posteriores a esa noticia que convulsionó el agosto balear. "La que se hubiese liado" decía mi padre mientras leía la crónica de lo que hubiese podido ser el asesinato del monarca.
Tomamos la curva donde a la izquierda se deja el puerto comercial, barcos de Balearia y Acciona esperan en sus amarres y un temporal propio de la Semana Santa llena de pañuelos el mar de la Bahía.
Mierda, pensé; un control de la polícia. Cinco policias nacionales alrededor de conos se mantenían a la espalda de un furgón. Ya había un coche parado con dos jóvenes dentro. Mis sospechas se confirmaron:
- Pare allí el coche, apague el motor y enseñenme la documentación del vehículo y de los pasajeros.
No era lo suyo no haberle hecho caso, a nuestra derecha, a cinco metros aproximadamente, un policia sostenía en ambas manos una especie de recortada.
Al cabo del rato, tras hacerme bajar para que les abriera el maletero, llegó uno de ellos con la documentación en la mano. Pueden irse, farfulló con la seriedad que les caracteriza.
Habían pasado varias horas desde que nos vimos interceptados por aquel control, y ya en el bar con el periódico en la mano comprendí todo: La Reina asiste a un concierto en la Catedral e inicia sus vacaciones en Mallorca.
Aun con el cielo tapado de nubes, la ferocidad de los truenos y la lluvia salpicando los cristales del Byblos, creí que me encontraba en el "magnífico" verano mallorquín. Lleno de policías en cada esquina, controles en cada rotonda y un Borbón subido al bemeuve mientras la escolta real le abre paso y cierra el de los demás.
No sé si hace falta todo esto para mantener la seguridad del Jefe de Estado y su familia. Supongo que sí, pero, joder, hay veces que le dan ganas a uno de enviarlos a tomar por culo.
Etiquetas: Anécdotas reales, Escritos, Palma de Mallorca
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domingo 5 de abril de 2009
La Excepción - La verdad más verdadera
- ¿Sabes cuál es la diferencia entre este grupo y los demás? Que no alardean sino que llevan con naturalidad lo que son y lo que los demás intentan ser.
Como si un cirujano clandestino y harapiento hubiese invertido todo su esfuerzo en implantarme las manos de Ladako, hago que la base de la primera canción del nuevo trabajo de La Excepción cuadre en ritmo y tiempo con la frase que mejor define al grupo: no intentar ser lo que todos quieren pues ya son tal. Hay quien se haya podido llevar las manos a la cabeza ante tal afirmación, pero he prometido ser tan sincero y humilde para hablar de La Excepción como demuestran ser éstos en sus canciones y sus acciones. Ya he nombrado las tres virtudes de las que nace su popularidad y se curte su éxito: humildad, sinceridad y autenticidad.
Su rap es reivindicativo y a la vez guasón, huyen del estereotipo de grupo nacido en barrio marginal pero sí les enorgullecen sus raíces obreras. El flamenco en sus bases y rimas no es un esfuerzo por hacer algo diferente, mestizo y fusoinado, sino algo que llevan en la sangre.
La verdad más verdadera es su tercer disco, y viene con Quilombo: el trío de Pan Bendito denunció hace unos meses a su discográfica Zona Bruta - lo de esta compañía queda lejos de ser un problema aislado peus ya con SFDK acabó mal la relación profesional antes de que el grupo sevillano montara su propia discográfica con la que han sacado dos discos al mercado. Éxitos rotundos - por lo que ellos creen que es un abuso en términos económicos por parte de la compañía. El problema con el que se han topado es que no podía sacar discos al mercado por tener contrato en vigor con la compañíal. Pero a los problema soluciones: han decidido lanzar el disco gratuitamente por descarga directa desde su página web. Lo dije: humildad, sinceridad y autenticidad.
Podían haber sacado el disco por la discográfica Zona Bruta, chapar sus bocas y mirar hacia otro lado. Por mínimo que fuese el porcentaje que el grupo recibe de la venta de su cedé - mínimo es demasiado - hubiese sido una cantidad importante de dinero. Pero no, han preferido perder dinero y lanzar el disco de forma gratuita. Un éxito rotundo: la web quedó colapasada a las primeras de cambio. Llenará todos y cada uno de los conciertos que hagan durante la gira y así se verán recompensados económicamente después de este esfuerzo.
Les honra la dignidad mostrada en esta iniciativa y en no dejar que cualquier discográfica se forre a costa de la popularidad del grupo.
La verdad más verdadera.
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lunes 30 de marzo de 2009
Se llamaba Tomás Montero
Se han cumplido setenta años de aquel día en el que las tropas sublevadas, después de una dura batalla por el sur de la comunidad, entraron en Madrid. Los periódicos se aferran a cualquier efeméride para ocupar con palabras el hueco de silencio que la publicidad rellenó en años de derroche, cuando la crisis nos importaba un pimiento y atábamos los perros con longanizas. Y benditos sean estos aniversarios: aunque la ocupación de la capital por parte de las tropas sublevadas supuso el empuje definitivo para aupar a aquel enano de voz femenina como caudillo de España, setenta años después leer anécdotas de aquella parte de nuestra Guerra Civil supone, para aquellos que sentimos curiosidad por la Historia, un acto de apasionado reencuentro con nuestros antepasados.
De todo lo leído estos días en varios artículos y reportajes, me quedo con un nombre propio: Tomás Montero. Era noviembre de 1939 y Madrid amaneció triste y oscuro. Las voces del No pasarán han cesado, y aquellos que gritaban puño en alto han hecho, o están haciendo, las maletas camino de la frontera con Francia. Hay quien ha corrido peor suerte, y ahora intenta apaciguar el miedo en cualquier celda a la espera de su turno. Es el caso de Tomás Montero. Desconozco cómo fueron sus meses anteriores, pero no es difícil imaginarlos. Es lo de siempre, la lucha por unos ideales, sus miedos, sus fobias, tiros, barro, aviación sobrevolando Madrid, artillería, la invasión terrestre, el recuerdo de sus hijos y su mujer camino de prisión.
El tiempo nunca nos da tregua, no nos tiende la mano, es el peor de los enemigos jugando sucio. Desde que nacemos notamos su aliento en la espalda, ese soplo de aire que tambalea y hace caer las hojas de un arrugado almanaque. Pero el aliento que sentía Tomás era de un ser con las entrañas podridas, el del carcelero que le plantó de malas formas delante del cura. Éste le hizo saber a Tomás que por caridad cristiana le dejaba escribir una misiva que haría llegar a sus familiares. Pero que antes de eso, para devolver el favor a la providencia, debía comulgar; tomar ese cuerpo de cristo que el cura sujetaba con ambas manos. ¿Para eso he llegado yo hasta aquí? pensaba mientras suspiraba. Clavó sus ojos en los del cura, y en el brillo del iris oscuro se reflejaban sus últimas imágenes: arrastrado entre el barro y la mierda de algún soldado que no pudo aguantarse más frente al Cuartel de Montaña, mirando al cielo mientras pasaba la aviación que bombardeaba la ciudad; o de cuclillas con la espalda pegada en la pared en aquella esquina que olía a orina mientras recordaba la cara angelical de su hija o las lágrimas brotando de los ojos de su mujer en la última despedida.
- ¿Cómo coño me voy a comer yo eso? –le dijo al cura con el odio cosido en sus labios – métaselo por el culo, padre – y le brotó una sonrisa irónica que no consiguieron borrar hasta el momento del fusilamiento. Pero Tomás murió con la esperanza de que alguien encontrara el papel que había dejado en las rendijas de algún muro de la cárcel y lo hiciera llegar a su familia.
Y así fue. Los descendientes de Tomás Montero aún conservan la carta que éste les escribió y que el Destino, no sin dificultades, les hizo llegar. Una carta leída por una viuda bañada en lágrimas, escrita de puño y letra por un hombre que llevó sus ideas y sus principios hasta las últimas consecuencias: “Adiós para siempre, que tengáis suerte todos”.
Y que se mueran de envidia los de Hollywood con sus héroes de pacotilla.
Etiquetas: Escritos
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martes 24 de marzo de 2009
Ni tu madre es puta ni yo un demagogo
La palabra demagogia está demasiado manoseada. Todo lo que no nos gusta es demagógico, lo que no nos conviene también, y aquel adversario dialéctico que nos pone contra las cuerdas y osa contradecir nuestra verdad, o sea la verdad suprema, usa de maravilla la demagogia. Cuando se abusa de una palabra su sentido se pormenoriza, se infravalora, acaba no correspondiendo a su importancia. Ya no nos duele cuando nos llaman demagogos, ni cuando nos dicen hijo de puta. Cuando soltamos un hijo de puta por la boca no pensamos en la madre del receptor, ni en la nuestra cuando a nosotros va dirigido el insulto. Eso es el manoseo: cambia el sentido inicial del insulto y se puede llegar a considerar un halago. Verbigracia: ¿Ha aprobado? ¡Qué hijo puta! Ante tal afirmación pocas personas son las que contestan advirtiendo que su madre no ejerce la prostitución y muchas las que dan las gracias.
Domingo, cinco de la tarde, en la barra del bar un vaso con infusión de poleo menta humea al lado de un periódico abierto por la página de sucesos. Dos asiduos clientes miran absortos la pantalla donde se visualiza la alineación del Real Madrid. El dueño del bar se une y al parecer no está demasiado convencido del once titular del equipo blanco. Una sucesión de nombres de futbolistas y teorías estratégicas aparecen en la tertulia. Cada uno con una idea precisa y brillante de cómo sería el equipo merengue si llevaran ellos la batuta. Me parece una discusión tediosa y aburrida, así que sigo leyendo cómo le ha ido la semana laboral a CJCJ.
Un ruido atronador sale de los altavoces del televisor. El Real Madrid salta al campo. El Bernabéu recibe a su equipo de forma incondicional y alentadora. Dejo de leer por un rato el Boulevard de Matías y observo cómo los jugadores del equipo de la capital saltan al campo con una camiseta verde encima de su camiseta habitual: “limpia y blanca que no empaña”. Como si el comentarista fuese capaz de leer mis pensamientos comenta que el Real Madrid y el Almería llevan una camiseta verde, con símbolos ilegibles, para luchar contra la pobreza en el mundo. Y nos anima a que si nosotros queremos apoyar esa campaña, que los jugadores han iniciado tapando con una fea y vulgar camiseta los imponentes escudos que les hacen millonarios, debemos mandar un sms a un número de teléfono. Me froto los ojos con desesperación. Miro a los allí presentes y en sus rostros no asoma un ápice de sorpresa.
- Lo que tendrían que hacer, en vez de ponerse esas estúpidas camisetas, es donar la mitad de sus sueldos millonarios y acabar de forma lógica y directa con la pobreza en el mundo.
Miro a mi alrededor y me arrepiento enseguida de haber dicho eso en voz alta. Me siento observado por unos cuantos pares de ojos de miradas difíciles de describir. Incluso una pizca de odio se deja entrever tras los gruesos cristales de unas gafas de pasta. Medité varios segundos aguantando sus miradas si excusarme o matizar. No creo que merezca la pena, me dije, y opté por cerrar el periódico y distraerme con el partido que acababa de empezar. Aunque no pude quitarme de la cabeza esas miradas de repulsa en los ciento cinco minutos siguientes hasta que acabó el partido, pagué y me marché. Uno se acostumbra a que le llamen demagogo, pero no a que por un momento le hagan creer que lo es.
Nota del a. – se puede - se debe - cambiar el Real Madrid por cualquier equipo de primera división.
Etiquetas: Opinión
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viernes 20 de marzo de 2009
Cantino: la Honradez
No recuerdo el motivo - ¿quizás la pascua militar?- pero allí estábamos Cantino y yo viendo desfilar militares en una de las arterias principales del centro de la ciudad. Cantino estiraba el cuello para visualizar bien el desfile, se le veía contento, atraído por esa secuencia de movimientos sincronizados acompañados de trompetas, cornetas y tambores.
- Veo que te gusta - le saqué brúscamente de su abstracción y asintió con la cabeza con una media sonrisa muy frecuente en él.
- Hay algo en lo militar que me atrae desde pequeño - miraba al frente con las manos metidas en los bolsillos delanteros del pantalón-. No sé: la disciplina, el honor, la honradez y toda esas tonterías que suenan tan mal pero que no me siento avergonzado de reconocer que me parecen importantes en la vida.
- ¡Uf! Honradez... - balbuceé - ¿Dónde se habrá quedado eso?
- Ser honrado en nuestros tiempos no es más que una puta extrañeza. Alguna excepción queda, algún valiente todavía tiene reglas asumidas, pero es difícil ser honrado cuando los que tendrían que serlo lo son menos que nadie
- Nuestros políticos, por ejemplo
- Pero no solo ellos. Se ha perdido la honradez desde las capas más altas de la sociedad hasta las más bajas, desde el establishment hasta la sociedad del lumpen. ¿Cuál es la diferencia? - por un momento dejó de mirar al frente y giró para leer en mi cara el interés en la conversación - es evidente: cuanto más alta es la capa de la sociedad más se debe exigir esa honradez. No puedes intentar imponer a un mendigo que no robe ese mendrugo de pan si el banquero desfalca millones. Seguramente si hurgamos más en la vida de ambos la mendicidad de uno no es más que una de las consecuencias a esos desfalcos. Uno lo hace para vivir sin quedarle más remedio en la mayoría de casos y el otro lo hace por avaricia. Y al final esto acaba siendo el coño de la Bernarda. Hay que ser malos, porque la maldad te ayuda a sobrevivir; la inocencia se pierde por obligación. Se pierde o te la roban. Y así por los siglos de los siglos...
- Amén
- No, amén no, a tomar por culo.
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jueves 12 de marzo de 2009
Arrepentimiento
Dice Juan Marsé que “arrepentirse es modificar el pasado”. Siendo justos no es el último y merecido premio Cervantes quien dice eso, sino uno de sus innumerables personajes. Llevo varios días acordándome de esa frase: arrepentirse es modificar el pasado. La derecha mediática y la piara de políticos de este país deben estar pensando en eso.
El periódico de Pedro Jota, lejos de arrepentirse sobre esa falsa teoría de la conspiración donde insultaban a la justicia de este país, a las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado y a la dignidad de las víctimas, aprovecha el quinto aniversario del atentando en Madrid para reafirmarse en la teoría de los conspiranóicos. Yo, que cada día soy más gilipollas, sabiendo lo que me iba a encontrar me paso por la página de opinión del diario y me pongo a leer el editorial del periódico y el artículo de Losantos.
Arrepentirse es modificar el pasado. Tan arrepentidos están los conspiradores como la clase política que nos representa: deshonran a las víctimas tirándose los trastos a la cabeza de nuevo. La ya famosa ley del “tú más”. Opino que la decisión del Partido Socialista de Madrid de no asistir al acto en recuerdo de las victimas del 11M es errónea. Patética. Por muy lamentable que sea la actitud de los populares madrileños para tapar sus vergüenzas. No es excusa.
Muy por encima de esta manada de imbéciles están las víctimas del atentado en Madrid. Ellos sí quisieran modificar el pasado si estuviera de su mano. Volver a recuperar a los suyos. Igual que nosotros, que sin ser víctimas nos llena de tristeza volver a ver esas imágenes en la que los trenes de cercanías no eran más que una montaña de chatarra.
Arrepentirse es modificar el pasado. Es imposible bajarse del burro cuando el burro es uno mismo.
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martes 3 de marzo de 2009
Carta de Fernando Gamboa sobre Guinea Ecuatorial
Lo que a continuación pego es sólo un pequeño extracto de la carta. Recomiendo efusivamente la lectura de la carta íntegra. No tiene desperdicio. Alguien, de tanto en cuanto, nos tiene que abrir los ojos.
El actual presidente de Guinea Ecuatorial Teodoro Obiang Nguema, quien lleva 29 largos años en el poder tras ejecutar al anterior presidente (su propio tío, otro asesino), ha saqueado, robado y asesinado sistemáticamente hasta extremos inconcebibles, amasando una fortuna que lo convierte en uno de los hombres más ricos del planeta, en uno de los países más pobres de África. Aunque para ser exactos, no puede decirse que el país en sí sea pobre, pues alberga una de las mayores reservas petrolíferas del continente, cuyos beneficios de explotación reportan al régimen guineano miles de millones de euros. Lo que sucede, es que la familia Obiang se queda con ABSOLUTAMENTE TODO lo que pagan gobiernos y petroleras extranjeras (norteamericanas y chinas sobre todo) por los derechos de extracción. Pero aunque parezca mentira, la familia Obiang no se limita sólo a quedarse con esa ingente cantidad de dinero, sino que además se dedican a robar propiedades privadas (se han apoderado aproximadamente la mitad de los terrenos edificables del país, y no han pagado un céntimo por ellos), salarios (muchos trabajadores han de pagar a la familia del presidente gran parte de lo que ganan) o negocios de los guineanos no afines al gobierno o a la familia Obiang (que al fin y al cabo es lo mismo), cuya ignominia llega al punto de despojar impune y caprichosamente a sus empobrecidos compatriotas de cualquier bien que posean sin justificación alguna.
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lunes 2 de marzo de 2009
Carta abierta a un ídolo (II)
Hostia, Pepe, hoy no te dejo tranquilo, macho. Vas a mandarme a la mierda de aquí poco, pero es que rebobinando el video de mi memoria – hoy son sólo cintas tuyas – he recordado un momento inolvidable de tantos en los que tú fuiste protagonista y yo un mero espectador con los ojos pegados a un televisor o monitor descojonándome de risa, intentando respirar para no acabar por ahí. Ya sabes donde.
Todo empezó en un plató de la televisión autonómica de Catalunya, se te calentó la lengua y soltaste con esa sinceridad y ese desparpajo habitual una frase que sacudió los cimientos de todos aquellos de “la España se rompe” “España unida” “España tiene que ser una, porque si hubiese dos todo el mundo se iría a la otra”. Ya sabes a quiénes me refiero. Tú sólo encendiste la mecha a una pólvora que parece estar mojada hasta que llega alguien y ofrece motivos para demostrar que no, que la pólvora es nueva de trinca, que no se avergüenzan de sentirse anticonstitucionales.
Entonces apareciste en el escenario, aprovechando la ocasión para mencionar el tema. Te recuerdo con esa sonrisa picarona, moviendo tu mano derecha cual abanico, de arriba abajo y viceversa, mirando a los ojos al público y diciendo: “la que se ha liado, tú”. Nadie pudo dejar de reír. No se puede decir tanto en tan poco. No se puede decir más claro que me suda la polla que el Alcalde de Madrid vetara mi actuación de Lorca somos todos; que me sudan los cojones que desde la derecha mediática me hagan protagonista de sus artículos y editoriales tratándome como un vil delincuente. Y, sobre todo, que me paso por el culo que me quisieran juzgar por ultraje a España y a los hijos de las concubinas que la representan.
Ya te dejo, macho.
Cuídate. Y gracias por esos momentos.
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Publicado por Toni en 17:45 0 paráfrasis
Carta abierta a un ídolo
Querido Pepe:
La terrible noticia de tu muerte me golpeó en buena compañía, esa sacudida en soledad habría sido terrible para mi estado de ánimo. Quizás fuese cosa de la providencia de la que tú tanto renegabas, de una alineación de planetas o simplemente fuese obra de ese caprichoso y a veces asqueroso azar que en ocasiones como éstas tanto detesto. Cuando perdemos a alguien importante, cuando sabes que la baja causada por un ser humano se hará notar el resto de nuestras vidas, no pensamos que a todos nos llega, sino que recurrimos a la mala fortuna para ponerle el broche final a nuestro dolor.
“Siempre se van los buenos”. La frase que más se repite desde que ayer, en tu querida Barcelona, te bombeó el corazón por última vez. Un latido frágil e incierto, sin continuación; y esos ojos achinados que acompañaban tu insuperable e inolvidable sonrisa se cerraron para siempre.
No quisiera hablar de mí demasiado pero sí diré que uno de mis sueños era verte en directo. Ahora sé que este deseo formará parte de la larga lista de cosas incumplidas. ¡Cómo no despertarse triste en este lunes menos gracioso que de costumbre! Me viene a la cabeza el recuerdo de verte encima del escenario, empleando esa ironía tan característica, mientras alzabas los brazos e imitabas a los que por la mañana caminamos hacia el trabajo con esa actitud tan escasa de euforia: “Vamos a trabajar, vamos a trabajar”. Lo decías descojonante vivo, con esa sonrisa de niño malo que el tiempo no ha logrado envejecer, mientras dejabas caer tus brazos y los hacías reposar en tus caderas, en forma de jarra.
Mientras te escribo estas palabras de dolor y tristeza, me cuentan que la noticia de tu muerte ha llegado al continente africano. África hoy es todavía más negra y solitaria; los etíopes, borrando por un instante esa sonrisa que tanto te inspiró, llevan el luto en el alma. La llevamos todos con un tono ennegrecido que da asco verla. Seguramente a ti te dio siempre asco el alma. Hoy te da la razón.
A los que hoy te recordamos de esta forma tan inesperada, la única esperanza que nos queda es que nos prometas que allí donde el azar cabrón te haya llevado, con su juego de dados tan injusto, sigas siendo tan golfo, tan irreverente y gracioso como lo fuiste por aquí.
Quizás así, en alguna ocasión te echemos un poquito menos en falta.
Alguien que sigue admirándote.
PD: ¿Te acordaste de abrir el plan de jubilación en La Caixa?
Qué cabrón.
Etiquetas: Escritos
Publicado por Toni en 11:26 0 paráfrasis
Pío Baroja paseando por El Retiro, de Nicolás Muller




